Me ha costado trabajo mirarte a los ojos, hermana de Asia. Tus retinas niponas retienen todavía el fuego enloquecido de tu Apocalipsis pasajero, al cual has hecho eterno.
Tu hijo se ha levantado sobre la castigada tierra que testigos mudos presenciaron en su agonía telúrica. Gritaron manos desgarradas por el silencio inopinado de algún castigo sin nombre, por el estruendo traicionero de una llamada de muerte a la que nadie respondió, por la luz dadora de tinieblas que farolillos celestiales no aceptaron en ningún momento en su Edén de energía protectora de los hombres.
Las mujeres devoran sus ropas consumidas por hambre de preguntas, y con sal de piedra inerte se consuelan las miradas perdidas en la impotencia de una rabia casi apagada. ¿De dónde la sonrisa extraer podría el agua azul de las cosechas nuevas?
¿Desde cuándo los tejados de los hogares vacíos lucirían majestuosos ante soles, lunas y estrellas contemplativos? Me cuesta un mundo besar los labios de algodones brunos, en la larga noche de los insectos histéricos.
Oigo el croar del tiempo dilatado en arrozales ácidos y pútridos. Escucho acongojado al pájaro ciego, entre incendios azuzados por los infernales vientos del desamparo. No hay abrigo de semillas de cariño, aunque escarbes en las orillas de canción polvorizada por recuerdos rotos.
¿Por qué diseminaron las danzas sonrientes de los niños por caminos insondables de algazara degollada? Siempre la cobardía se presenta ante los débiles con óseo alborozo destructivo y afilados obsequios que atenazan.
Jugó la sombra a alargarse en cementerios calcinados. Se hicieron sangre hervida bronquiolos arañados por las garras repentinas de la peor tronada.
Algunos habéis vuelto a la existencia renqueante de esa hiriente pesadilla acoplada a vuestros costados. Si manan quejas insatisfechas de incandescentes llagas, ¿quién recogerá el suspiro que, aun muy viejo, ya no cesa?
Deseo verter mis gotas en la fosa empantanada que respetan los espíritus. Son los antepasados quienes ahora acarician horas agrias de duelo imperfecto.
Volveré a verte reír, madre de semblante castigado, al pasar por tu jardín de crisantemos durante el último de mis viajes. Tras mi última visita, cerezos en flor habrán recibido al huésped que te ofrezca primaveras entre sus brazos de inocencia.
LLoran Japón y el mundo entero, desde veranos que abrasan la alegría con estertores de esquilas.
¡Abre tu abdomen con cuchillo de corolas, mi Isla Ancha! ¡Que se escapen sin reingreso tus entrañas abatidas!
¡Hiroshima! ¡Hiroshima! ¡No revivas sola, nuestra Hiroshima!

Un homenaje para el eterno recuerdo, Hiroshima siempre será la condena que arrastramos, por la culpa de occidente, en este mundo quebrado.- Ya había leído Rafael un comentario tuyo el año pasado en esta fecha, por eso sé de tu repudio al peor de los crímenes de ese imperio, ya! con pies de barro, sumergidos en el fango. Admiración y desgarro en esta prosa magnifica tuya, que apenas alivia el peso, pero bien vale sentir que Hiroshima no estará nunca sola si tus frases la acompañan.-
Un saludo fraterno escarlata, gracias por el tributo.-
Mirta Li/ Argentina
Saludos, Mirta, gracias por tu valoración. A veces me resulta más complicado escribir un poema en prosa como éste que un soneto o un romance. Hiroshima no debe olvidarse este 6 de agosto de 2012 por más que estemos enfrascados y/o nos enfrasquen en los Juegos Olímpicos celebrados en una ex capital imperial. El Imperio Británico, pese a su largo y denso expediente criminal, nunca llegó tan lejos como el Gobierno yanqui, que contempló con satisfacción y alegría la ejecución de la obra impulsada por él mismo los días 6 y 9 de agosto de hace 67 años.