La jauría mediática española está muy pendiente hoy, como lo estará mañana y durante varios días más, de las citas electorales autonómicas gallega y vasca, las cuales darán como resultado una nueva composición de sus respectivas Cámaras electorales, que a su vez tendrán que elegir en los plazos establecidos quién presidirá el Gobierno de cada una de las dos CCAA.
En Galicia, la “izquierda” (léase PSG, principalmente) se mostraba gravemente preocupada por los sondeos a pie de urna (con el 75% escrutado), ya que, de nuevo, el Partido Popular volvería a ganar estos comicios con mayoría absoluta. De hecho, los ha ganado. Estamos ante una victoria “de penalti”, que en muy pequeña medida refleja un apoyo mayoritario de la sociedad gallega a su Ejecutivo derechista; menos aún, al estatal, con recortes y otras innecesarias medidas antipopulares, que sólo sirven para conducir a rastras a un país entero hasta el borde del barranco. Se trata de un extraño “no-voto de castigo”, más bien contraproducente, habría que destacar.
No sorprenden los porcentajes en Euskadi, especialmente tras más del 92% de los votos contados, pues los dos grandes partidos del pucherazo (lo digo por la anterior consulta en esta Comunidad Autónoma) se marchan a la retaguardia, vistos los más que notables avances del PNV y de EH Bildu, este último considerablemente cercano en éxito al primero. Unión, Progreso y Democracia obtendría un escaño en el Parlamento de Vitoria, aunque igual ni siquiera lo consigue, ya veremos. Los grandes medios resaltan que éstas son las primeras elecciones sin la amenaza de ETA, un discurso no menos demagógico y simplón que el que sostiene y seguirá sosteniendo que realmente la extinta, he ahí la paradoja, organización armada está presente en las filas de la coalición política abertzale que se fundó durante la primavera del pasado año 2011.
Sin embargo, lo menos sorprendente de todo, es que ninguno de los canales que cubren estas realidades, con sus correspondientes comentarios, prejuicios y valoraciones, está hablando ni media palabra de las elecciones cubanas municipales, que se celebran cada dos años y medio, a diferencia de las que deciden la integración de las asambleas provinciales de la Isla y la de la Asamblea Nacional del Poder Popular, que tienen lugar cada medio decenio.
En ambos casos isleños, el interés de las más poderosas corporaciones comunicadoras del planeta no es comparable con los procesos eleccionarios de las “democracias” capitalistas occidentales, casi todas ellas proyanquis o con certificado de aprobación por parte de la Casa Blanca. Ya vimos la que montaron las oligarquías antes, durante y después de las recientes presidenciales en la República Bolivariana de Venezuela.
Lo que pasa es que cuando en Cuba se van a renovar los Consejos de Estado y de Ministros, una vez reconformado el Parlamento nacional, la atención internacional se centra, con mucho morbo y demasiadas elucubraciones, en quién va a ser el Jefe de Estado y de Gobierno, porque siempre aquélla vive obsesionada con los cambios (los cuales, afortunadamente, nunca llegan) en la mayor de las Antillas que engordarían los beneficios de avariciosas multinacionales y darían al traste con todos los derechos sociales del pueblo cubano, conseguidos merced a su Revolución.
Según previó la Comisión Electoral Nacional del archipiélago caribeño, la participación ciudadana en los sufragios sería masiva, como de costumbre, y no hay señal hasta ahora de que no se vaya a ver confirmado tal pronóstico. Estoy convencido de que la práctica totalidad de la población que puede votar volverá a hacerlo.
Recordemos que en Cuba es automática la incorporación al registro de votantes y, además, gratuita, al cumplir los 16 años. Todos/as los/as cubanos/as pueden ejercer su derecho al voto libre y secreto, con las excepciones de los incapacitados mentalmente y de aquellos sobre los que ha recaído una sanción judicial.
No hay shows circenses con vacuos mítines de aplauso fácil, ni costosas campañas en las que se habla mucho sin decir casi nada. Las personas electas son conocidas por todos los vecinos de sus circunscripciones y no gozan del favor de su gente por motivos económicos personales. El PCC no postula, ni puede postular candidatos. No es una asociación o entidad de carácter electoral.
Hay 168 municipios en esta pequeña y paradigmática nación latinoamericana. Nada que ver sus asambleas locales con los corruptos Ayuntamientos españoles y sus pelotazos y chanchullos urbanísticos, con dinero fresco debajo de la mesa y en desacreditados despachos. Todos los cargos elegidos rinden periódicamente cuentas de su gestión ante los electores, y por estos mismos pueden ser revocados si no responden a la confianza que en ellos fue depositada.
No existe la perfección, ni siquiera en la Patria de los hombres y las mujeres más humanistas de la Tierra, pero es un placer darles la razón a quienes, como Eduardo Galeano, saben por experiencia que no hay que confundir política con partidos ni democracia con urnas y papeletas. Lo importante es la conciencia política, y revolucionaria, de toda una colectividad.
¿Dónde se respira más independencia, íntimamente unida a la dignidad? La respuesta la da por sí sola la realización del ideal de plena soberanía popular.
Sabemos perfectamente en cuál de las orillas atlánticas esto es y no es una historia fantacientífica.

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