king kong

(Dedicado a Humberto Dib)

King Kong ha aprendido muy pronto a navegar por la Internet. Desde que lo expulsaron de su extraterrestre isla natal, sin pasaporte ni cualquier otra documentación identificativa, ha ido pidiendo asilo en los hogares humanos más hospitalarios de la Tierra.

Es muy despierto, y pronto se ha convertido en todo un experto en las nuevas tecnologías. De la mano de un reputado neuropsicólogo de arábigas raíces ha aprendido innumerables trucos para adentrarse en el laberinto psíquico de las personas más perturbadas en las sociedades posindustriales.

Su maestro en el arte de descifrar la psique ha invitado al gigantesco simio a chatear con personajes de lo más variopintos. Hay que construir un edificio moral que sirva de guía en el complejo entramado de la convivencia. El día a día estimula angustias que sólo las palabras elegidas pueden temperar; las palabras del taumaturgo junto al sofá y la atrevida, por su diseño, lámpara de pie.

King Kong le pide permiso al analista de mentes para hablar con el Gran Señor de la Guerra, y el hábil psicólogo le avisa de lo extremadamente arriesgado de una empresa así. El mono medio racional no ceja en su empeño y convence a su gurú sureño para que le escriba un cuestionario que arranque verdades nunca antes confesadas.

Finalmente, quien sana a través de la escucha y la orientación, redacta para Kong las preguntas pertinentes para el que ocupa un despacho que semeja un enorme huevo.

Se enciende la computadora. El messenger está activo para una conversación un tanto singular.

King interpela al inquietante hombre de oscura piel, pensamiento blanco y corazón sin deshollinar. Las interrogaciones horadan la lengua, los ojos, las vísceras del jefe con águilas y bandera denostada.

Pasan muchísimos minutos; la electricidad no quiere agotarse, la pantalla del aparato arde y el simio que aspira a civilizarse se aburre y no siente ningún latido al tocar su pecho. En realidad, nada ha entendido de las respuestas dadas por el Homo Bellicus, que preside destinos a placer y por rapacidad.

El tiempo se da a la fuga, la paciencia del primate no desnudo expira; pero aún queda una duda en el aire, y hay que despejarla sin soslayamientos.

— ¿Cuál es el lenguaje que habla el Individuo Principal?– pregunta nuestro protagonista a su interlocutor.

— ¿Cuál va a ser?– responde el casi impenetrable jerarca.– ¡ Pues el lenguaje de la muerte!

King Kong se levanta del asiento. Apaga la máquina. Despega hacia las estrellas rumbo a la cuna de sus antepasados. No lleva equipaje consigo.

Se ha propuesto a sí mismo olvidar todo lo que conoció en el espacio de los animales vestidos.

Su hogar está donde un sol le permite dialogar con criaturas aún no contaminadas.

En el Planeta de los Hombres, aquel mortal que conoce el carácter y la intimidad de sus hermanos mira cabizbajo el escritorio solitario. Sube en seguida a la azotea y vocifera:

— ¿Por qué todo ha acabado de esta manera?¡ Hemos estudiado, hemos aprendido, hemos creado y hemos destruido con esa herramienta que llamamos Inteligencia!

El neuropsicólogo comprende, puede que un poco tarde, que el más grande de los proyectos ha terminado en fracaso: el de la propia Especie.

¿Será real la existencia de lo Estático?

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