Lo acusaron de dictador cuando llevaba décadas sin ningún poder efectivo en su país; sólo con el cargo otorgado de representarlo internacionalmente en conferencias y firmas de acuerdos, más que nada de naturaleza comercial, con terceras naciones.

También de eso lo acusaron, de venderse, en una coyuntura dada, a ratas imperialistas y de abandonar la causa emancipadora y anticolonialista de los pueblos del Tercer Mundo, especialmente los de toda África, no sólo la sahariana. No muchos quisieron o pudieron recordar que aquel hombre del desierto obedeció a la estrategia de desarrollar una nación, de fuerte base tribal, tras demasiado tiempo de sanciones y aislamientos económicos por parte de las potencias imperialistas. Las mismas que, después de echar a Libia una mano (por intereses nada altruistas, sin duda) le sacaron todo el cuerpo y parte del alma.

Y parte de esa alma estaba contenida en un rebelde de apariencia excéntrica que, en realidad, nunca dejó de ser un sencillo beduino, un guerrero enemigo de entreguistas neocoloniales y de la miseria a la que querían condenar y condenaron los miserables “demócratas” de la OTAN, los mismos que llamaron “tirano” y “asesino” a quien no lo era, para así poder aniquilar a humanos inocentes a los cuales se quería “salvar”. ¡Ojalá no hubieran sido tan pasivas Rusia y China!

Con la vil muerte, el 20 de octubre de 2011, que para Gadafi, heredero moral de Omar Al-Mukhtar, habían reservado los mercenarios fundamentalistas al servicio de transnacionales petroleras y grandes bancos privados, maestros de la usura, se quiso asestar un golpe fatal a la Jamahiriya Árabe Socialista. Se acabó con formidables conquistas económicas, sociales y culturales en los ámbitos interior y exterior. Se ponía contra las cuerdas una de las mejores iniciativas del coronel Muammar: la Unión Africana, sucesora de la muy poco eficaz OUA.

Las esperanzas puestas en un continente castigado se evaporaron, toda vez, por otra parte, que Kadafi había impulsado la sustitución del dólar como divisa hegemónica por el dinar de oro en las transacciones internacionales. Esto no fue perdonado por la Francia sarkozyana, sobre todo. Quizás el negro hidrocarburo y el gas natural no fueran lo más importante para los predadores, contra lo que todavía en algunos foros se cree.

Los buitres de la Casa Blanca, sus vigilantes sionistas, los sátrapas feudales de las petromonarquías, los corruptores de las enseñanzas coránicas, los eternamente contrarios al panarabismo laico y progresista, no necesariamente revolucionario, se sintieron victoriosos. Pero ya empiezan a recoger la siembra “envenenada” de unos integristas que muerden las garras de sus criadores, así como se nota en el nuevo Estado títere neoidrisista el fortalecimiento creciente de una resistencia que jamás fue desleal a la Bandera Verde.

Con la trágica desaparición de Muamar el Gadafi, el “civilizado y libre” Occidente de ONG’s medio lavadoras de conciencias aburguesadas volvió a hundirse en el cenagal de la autodegradación. Sin pretenderlo, encumbró a un nuevo León de las Dunas, cuyo ejemplo y coraje personales perdurarán por los siglos de los siglos, le pese al que le pese. No es tiempo de seguir llorando, sino de continuar combatiendo, con las ideas por estandarte.

Los pusilánimes matan a escondidas. Los audaces dan la cara en el momento más duro, afrontando las últimas consecuencias de su heroico proceder.

El sabio, y realmente humilde, morador de jaimas y dignificador de oprimidos descansa físicamente, y lucha espiritualmente sin rendirse en los corazones que no creen en que haya causas perdidas.

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