Hamas nace como una organización asistencial humanitaria en el contexto de ocupación y crímenes coloniales por parte del sionismo y de los cómplices internacionales de éste. Con el paso del tiempo deviene una organización política de liberación nacional-popular que nunca ha sido vista por EEUU, Israel, la Unión Europea, Canadá, Australia y Japón sino como un grupo de fanáticos terroristas, contribuyendo así, malintencionadamente, a vender al mayor número concebible de incautos una imagen del Islam teñida de fundamentalismo y barbarie.

La lucha organizada del pueblo palestino se ha caracterizado por cierta fragmentación interna (Movimiento de Resistencia Islámico, Fatah, FPLP) que ha sido aprovechada por los amigos de Tel Aviv para desorientar la causa común de emancipación y defensa de una gente que sufre lo indecible desde hace casi 65 larguísimos años. Mucho se ha hablado de una supuesta génesis de Hamas vinculada a la inteligencia israelí, así como, en tiempos cercanos, un acercamiento de la rebelde entidad al Gobierno de Israel.

Pero lo cierto es que el fascismo sionista, que no deja de estar centrado en Irán y en Siria, sobre todo, pues no le quita ojo a Líbano, necesita acelerar sus planes expansionistas y genocidas en el Próximo Oriente (los planes del Gran Israel) con la culminación de la sangrienta campaña contra la Franja de Gaza que fue bautizada como Operación Plomo Fundido. Una operación motivada por razones comerciales marítimas y por previsibles explotaciones de recursos naturales localizados en la zona encarcelada al aire libre que es el territorio palestino gazatí.

Podríamos considerar la escalada de bombardeos y asesinatos, selectivos o no, del momento actual como una oportuna maniobra de distracción del mundo para seguir enviando mercenarios a territorio sirio con vistas a profundizar la desestabilización de ese país árabe, que, para quien no lo sepa, es objeto de un ambicioso plan de desintegración desde mucho antes del invierno del pasado año 2011.

Aunque, si nos detenemos a analizar los hechos fríamente, los ataques despiadados contra la población de la Franja a lo largo de los últimos días (ya hay decenas de civiles desaparecidos) obedecen a una estrategia que toma en cuenta distintos frentes para asegurar o tratar de asegurar la hegemonía israelí en Asia occidental, y más allá de continuar desempeñando el originario papel de gendarme del imperialismo usamericano en la región de Oriente Medio. Incluso cuando se llevó a cabo la agresión coaligada contra Iraq en 2003, la finalidad no del todo encubierta de esta salvajada fue impuesta por el lobby herzliano que gobierna la voluntad de Washington y de su pernicioso Complejo Militar-Industrial.

La opinión pública occidental se debate entre valorar con justicia la gravedad de los acontecimientos que estamos viviendo y justificar el modus operandi de Israel en virtud del derecho de “legítima” defensa. Entre 2008 y 2009 sobraron las cínicas voces que destacaban el carácter desproporcionado de respuesta israelí frente al lanzamiento palestino de rudimentarios cohetes caseros que causaron muy pocas víctimas. Ahora los discursos de Obama, de Merkel y de la repugnante prensa corporativa proimperialista (que no, obviamente, la condena de un Hugo Chávez o la del Canciller cubano, conviene resaltar) ni siquiera han optado por la equidistancia, la cual en sí misma es indeseable, sino por las ovaciones descaradas al accionar militar de los israelíes, dirigidos por un Netanyahu que se siente crecido ante la continuidad del inquilino de la Casa Blanca que más ha defendido sin rubor el ambiciosísimo y antihumanista proyecto del Estado colonial nacido con una artificialidad mayúscula en 1948.

Israel es apartheid, constitucionalmente insólito y precario, peligroso, sanguinario, no heroicamente indomable, manipulador de la Historia, gangsteril y medio ahogado en sus megalómanos y letales delirios de grandeza.

La Humanidad asiste al recrudecimiento de un conflicto con partes desiguales y con la razón y la justicia de parte del pueblo de Palestina, de esa Palestina histórica en la que hasta bajo el dominio otomano convivieron pacíficamente judíos, cristianos y drusos. Con la partición territorial de 1947 comienzan el dolor, el éxodo, el ninguneo, la permanente realidad atroz. En definitiva: el Desastre.

Los mortales de a pie que no somos responsables de tamaña carnicería haríamos mal en guardar silencio o refugiarnos en un ocio alienante que no hiriera nuestras sensibilidades. Individualmente, no se consigue nada, a menos que la suma de indignaciones personales se convierta en lo más semejante a una mente única colectiva que denuncie con todas sus fuerzas lo inaceptable desde cualquier punto racional de vista.

El Calvario árabe palestino no es una “anécdota” más de este fatídico período de doce meses al que le falta poco para su desenlace.

Que no nos coman las cabezas. Desmitifiquemos la existencia misma de Israel, no nos conformemos con la existencia de una frágil Autoridad Nacional Palestina, y soportemos con dignidad que nos llamen “radicales” y “antisemitas” a todas horas.

Porque debemos grabarnos el hecho de que ser antisionista es ser prosemita. Y esto nada tiene que ver con connotaciones racistas, cuidado.

Si no nos enteramos, pues, de la verdadera naturaleza de los intereses que condicionan determinados propósitos homicidas, corremos el grave peligro de internalizar la venenosa, y nada esclarecedora Hasbará.

Que no se acomode la ignorancia.

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