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La agitación social, traducida en un feroz clima de rumores “vienen de aquel barrio a atacarnos”, saqueos de supermercados sumados a las protestas de los ahorristas y la eclosión de las cacerolas entre el estruendo de disparos de gases y balas convencionales, contrastaba por completo con el clima de quietud y silencio que reinaba en la Casa Rosada, vaciada de poder y gobierno.

En esos días de diciembre del 2001, los periodistas acreditados notaban que no sólo no sonaban los teléfonos desde hacía semanas sino que tampoco se veía actividad en las oficinas de la planta baja, donde está el ministerio del Interior, ni en el primer piso sede de la oficina presidencial y de la Jefatura de Gabinete.

“Era un clima muy pesado afuera pero adentro sólo llegaba el eco porque había como un aislamiento, no llegaban los voces de afuera. La incertidumbre política se afianzaba y nuestra expectativa aumentaba minuto a minuto porque veíamos que el gobierno se escurría”, recordó Raul Berneri, acreditado por la agencia de noticias Télam en la Casa Rosada desde hace más de 30 años.

Aunque la crisis desatada apenas Cavallo anunció el fin de la convertibilidad en los primeros días de diciembre, Fernando De la Rúa siguió con sus rutinas y esa especie de impasibilidad que mostraba en sus movimientos. Cada mañana entraba a la Casa Rosada con las manos en los bolsillos, distante, como ajeno. Saludaba a los eventuales periodistas que estuvieren en el Salón de los Bustos y desaparecía en el ascensor presidencial.

“Recuerdo que la mañana del 19 De la Rúa se presentó en una reunión que Caritas había organizado en Balcarce al 200, es decir apenas a una cuadra y media de la Casa Rosada. Estaban el obispo Jorge Casaretto, el Jefe de Gabinete Chrystian Colombo y legisladores radicales. Él irrumpió, llegó de sorpresa cuando nadie lo esperaba. Lo peor fue que al salir vecinos del lugar no sólo se abalanzaron sobre los funcionarios sino que alguien tiró una piedra que impactó sobre el coche presidencial”.

Esa situación, la de vecinos ocupas, porque de eso se trataba, increpando en la calle a los políticos y agrediendo el vehículo presidencial era una pequeña muestra de la furia desatada e imparable.

“De la Rúa fue a esa reunión a proponer un gobierno de unidad, decía que había una conspiración y que quería pararla. Igual de ahí no salió nada porque si los políticos tenían algún poder estaba en manos de los gobernadores peronistas, entre ellos el bonaerense Carlos Ruckauf”.

Es tradicional que antes de las fiestas, al igual que el 7 de junio, Día del Periodista, los Jefes de Estado compartan un brindis con los periodistas de la Casa Rosada y aunque ese fin de año había, literalmente clima de fin de mundo, el convite presidencial se mantuvo. Definitivamente era una situación muy difícil y al mismo tiempo perfecta para hablar con De la Rúa sobre lo que estaba ocurriendo en el país.

“Esa mañana había renunciado Cavallo y por la tarde nos dicen que nos vamos a reunir con el presidente por las fiestas de fin de año en su despacho. Estaba prevista una copa, un cóctel como se hacia siempre, pero esta vez cambiaron. Llegamos al despacho presidencial unos 12, 15 periodistas y encontramos que el brindis se iba a hacer con jugo y en vasos de plástico. De la Rúa nos recibe nos saluda, él preside la mesa pero por una extraña razón se levanta y empieza a servir él los vasitos de jugo pese a que estaban los mozos”.

“Además fue y cerró las persianas del despacho, te imaginas, era el presidente, hace un gesto y hay asistentes, el edecán, cualquiera para ocuparse de eso. Se vuelve a levantar y busca una cajita que tenía caramelos ácidos y nos los ofrece. Ahí empezamos a preguntar si había visto la televisión y la gravedad de los hechos. Nos responde que le habían informado de ‘algunos desórdenes’. Para ese momento aún no había muertos y le preguntamos si iba a declarar el estado de sitio y dijo que no”.

“Después de 20 minutos nos saluda y nos despide y a las dos horas sale su discurso en el que anuncia semejante medida. Después nos enteramos que lo habían convencido, contó que los gobernadores lo habían llamado por los desórdenes generalizados y él pensó que con esa medida la gente iba a estar mas segura. Sin embargo el efecto fue distinto, al revés, causó cacerolazos a gran escala”.

El 20 de diciembre todo fue mas tenso y difícil, la Casa Militar había ordenado cerrar todos los accesos a la Casa Rosada por seguridad y el nerviosismo sucedió a la aparente tranquilidad por no decir parálisis del día anterior. “En todo caso el 20 había mayor sensación de presión y, al mismo tiempo vacío. Algunos funcionarios lucían resignados porque sabían que se terminaba todo. Estaban concentrados en sacar sus papeles mientras afuera ardían las palmeras, la montada iba contra las Madres y aumentaba el número de fallecidos. Nosotros seguíamos todo por la televisión y de a ratos íbamos a las ventanas que dan sobre Balcarce desde donde veíamos el fuego, el humo y a los policías enardecidos, como locos”.

“Por otra parte la Agrupación Aérea de la Casa Militar preparaba un plan de evacuación porque después del mediodía la suerte estaba echada y había que tomar medidas. Los militares hicieron un reconocimiento del helipuerto ubicado en el techo de la Casa Rosada que había sido usado por última vez cuando sacaron a Isabel Perón el 24 de marzo de 1976. Está justo sobre el Salón Blanco y se tenía que posar ahí pero era mucho peso y por eso lo desactivaron. Con planos determinaron dónde estaban las antenas y cómo tenía que descender el Sikorsky S-70. Todos nosotros estábamos en la sala esperando el desenlace porque habían fracasado las gestiones de unidad como él quería y se lo veía en soledad porque hasta el propio radicalismo le había restado apoyo”.

“Entre las febriles negociaciones fueron los legisladores del oficialismo, el senador chubutense Carlos Maestro y el diputado nacional por Córdoba Horacio Pernasetti, quienes le dijeron a De la Rúa que esperaban que él hiciera lo que tenía que hacer porque la situación no daba para más. Comprendió que estaba solo y redactó su renuncia. Teníamos muy buena relación con el Vocero Presidencial Juan Pablo Baylac pero no fue él quien nos dió la noticia oficial sino el entonces Secretario General de la presidencia, Nicolás Gallo que no ocultaba su abatimiento y con lágrimas en los ojos dijo ‘renunció’.

“Por supuesto todo el personal de la Casa de Gobierno y los periodistas estábamos pendientes de la hora en la que el helicóptero iba a levantar vuelo con el presidente renunciado a bordo y eso ocurrió a las 19.52. Todo fue tan raro, al día siguiente De la Rúa volvió como si nada hubiera pasado. Supimos que ‘no quería dejar al país en Estado de Sitio’ y la otra que el expresidente insistió hasta última hora para irse en auto y no usar el helicóptero. El jefe de la Casa Militar lo disuadió -mire, no puede irse en auto. De hecho tenían varios planes de emergencia para ese último vuelo: que vaya a Olivos, que vaya a Campo de Mayo o, si la cosa empeoraba, a Uruguay.

“El entonces Jefe del Ejército, el general Ricardo Brinzoni (quien después mantendría una polémica con el presidente Néstor Kirchner que por supuesto perdió), le había ofrecido a De la Rúa trasladar su familia a una guarnición en Campo de Mayo para que estuvieran seguros si todo se complicaba aun mas. Como último acto aunque ya estaba renunciado, De la Rúa se reunió con Felipe González, llegado esa mañana en una misión de buenos oficios para acercar al justicialismo y el radicalismo y lograr un gobierno de coalición en una acción inútil”.

Berneri, experimentado cronista gubernamental, destaca la sensación de “estar viviendo momentos históricos y también de un ciclo que termina, pero no de cualquier manera, el ciclo se derrumbó. Hemos pasado varios recambios presidenciales donde las cosas son diferentes, se van dando de otra manera, los funcionarios se despiden. No debe haber cosa mas súbita que un cambio de gobierno en la Casa Rosada. Gente que viste 4, 6, 12 años desaparece y aparece otra, nueva pero acá el clima era otro, de frustración y derrota, fue muy triste”.

Ese día, el 21 de diciembre del 2001 el renunciado presidente se fue en auto, como había querido, pero ya a nadie le importaba. El senador misionero Ramón Puerta se hizo cargo del ejecutivo nacional por la ley de Acefalía, 20972. Convocó en 48 horas a la Asamblea Legislativa que eligió al gobernador Adolfo Rodriguez Saa para ocupar el Sillón de Rivadavia, pero la crisis política institucional tenía tal profundidad que el mandatario puntano fue sucedido por Eduardo Camaño y Eduardo Duhalde.

Este último asumió el 2 de enero del 2002 con la idea de completar el mandato de De la Rúa, es decir, hasta diciembre del 2003, pero la masacre de Avellaneda, el 26 de junio en la que asesinan a los piqueteros Maximiliano Kosteki y Darío Santillán lo obligan a adelantar las elecciones para el 27 de abril del 2003. Gana Kirchner y ahí, empezó otra historia.

(Un texto publicado por la agencia de prensa Télam)

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