poder a los trabajadores

El proceso revolucionario bolivariano, que germinó con fuerza en Venezuela a finales del siglo XX, tiene claramente definidos sus objetivos; la estrategia hacia el fin último, que no es otro que el socialismo con características propias más nacionales que regionales en principio, tiene, hasta donde se ha visto, una serie de tácticas que podrían ser consideradas un poco erróneas si perdemos de vista, con todo lo que ello implica, la experiencia en la lucha de clases a lo largo del espacio y del tiempo.

Haberse atrevido a enfrentarse abiertamente al imperialismo, especialmente en la vastísima área latinoamericana y caribeña, le costó al Comandante Hugo Chávez una hilera de penalidades que desembocaron en su muerte prematura, probablemente provocada con sofisticada tecnología, o no tanto, que los camorristas más poderosos del mundo utilizan a su antojo cuando no saben recurrir al diálogo y a la decente negociación.

La intentona golpista del mes de abril de hace más de un decenio consolidó la popularidad de un Gobierno y de un modelo económico-social diametralmente opuesto a cualquier atisbo de neoliberalismo. Algunos miserables que protagonizaron la circense y violenta “hazaña” antidemocrática de aquel entonces huyeron del país, en algunos casos, y en otros salieron muy bien parados merced a la excesiva benignidad de la “dictadura chavista” y del aparato institucional.

Revestida estructuralmente la nación de un formalismo burgués constitucional, según lo que se desprende de la atenta y minuciosa lectura de la Ley Fundamental Federal venezolana, el multipartidismo, particularmente visible en las numerosa citas electorales que tuvieron lugar en la nación a partir de principios de la centuria actual, se ha venido perfilando como un bipartidismo de hecho en el que dos fuerzas representativas cada una de intereses fuertemente contrarios a los de la otra han centrado la atención de actores y espectadores de un tenso escenario.

A tal punto llegó la tensión, a medida que el poder popular ganaba protagonismo y terreno, que, pese al reconocido internacionalmente sistema moderno de computación de sufragios en Venezuela, la ultraderecha, recién despojada de la lana de su temporal disfraz de cordero, tomó el camino torpe y contraproducente de la violencia indiscriminada contra inocentes. Y hasta en la Asamblea Nacional de la República se han oído voces sin vergüenza que intentaron justificar las tropelías mediante el recurso a la demagogia más previsible.

¿Cómo se puede invocar como circunstancia eximente o atenuante de la responsabilidad criminal lo que excede hasta decir “ya está bien” el ejercicio de la libertad de expresión? Quienes en la Cámara legislativa mencionada pronunciaron discursos hirientes a favor de las atrocidades cometidas no son mucho menos irresponsables de lo cometido que los autores directos y los inductores, buena parte de ellos con nombres y apellidos fácilmente identificados.

Yanquilandia no se echa ni una siesta, y la bolivariana Venezuela no puede permitirse el lujo de echarse a descansar plácidamente sobre mullido colchón. La cristiana misericordia sentida y exhibida cuando el enemigo finge estar arrepentido, y en apariencia sometido a la voluntad del soberano pueblo, sólo servirá para que la oligarquía local se envalentone, esté dispuesta a recibir más dólares de Washington y prepare nuevas intrigas subversivas.

Si el socialismo es la meta, que el “demos” no tenga miedo de sí mismo ni de sus posibilidades como sujeto de la construcción de una sociedad nueva, rupturista, transgresora de valores arcaicos que no sirven para derribar los cimientos de una comunidad atascada en la calleja de lo correcto, lo pacifista y lo paciente.

Culto a la violencia, no. Eso es fascismo y debemos condenarlo. Así como estamos en la obligación de condenar el rechazo al empleo de severos correctivos dirigidos a los que, sean cuales sean los resultados electorales, en este caso en la Patria de Bolívar, no luchan sino por perpetuar su dictadura mediante el vandalismo que el culto a la acumulación de capital profesado por ellos les exige, para desgracia de las mayorías sociales.

¡Salud y Resistencia!

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