Despidieron a una "entrañable amiga" del independentismo irlandés
Despidieron a una “entrañable amiga” del independentismo irlandés

Pero El Revolucionario Escarlata se hace eco aquí de una densa y muy relevante noticia sobre la “grandeza” de una criminal enaltecida por la caspa britichona.

El texto está extraído de Globedia, y dice así:

Diecisiete años después de la guerra de las Malvinas mucha gente aún no sabe la baronesa Margaret Thatcher padecía la misma adicción que ella atribuía al general argentino Leopoldo Galtieri: el alcoholismo. Una triste imagen de Margaret Thatcher moralmente derrumbada fue pintada por el ex ministro conservador George Walden en una autobiografía -que está siendo publicada en forma serializada por el diario pro-torie The Times, bajo el título de Lucky George-, justamente en un momento en que el Partido Conservador británico anunció el fin del thatcherismo.

La ex Dama de Hierro no pudo soportar con entereza el alejamiento del poder, sobre todo al ser apartada de la jefatura del Partido Conservador, lo cual se notaba en sus hábitos y en su actitud corporal. Ella bebía demasiado. En los viejos días, cuando era premier, unos dicen que tomaba uno o dos whiskies con soda, tarde en la noche. Los que le conocían bien juran que desde joven siempre bebió mucho: era alcohólica. Pero después de dejar el gobierno ya bebía demasiado antes y después de comer. “Uno no se pelea más con ella porque, en realidad, es imposible hablar con ella”, escribió Walden, un estrecho colaborador de Thatcher cuando era primera ministra. Walden sostiene que así como Denis, su marido, estaba siempre de buen humor, su mujer daba pena.

“A primera vista, se le veía bien. Pero si uno la observaba detenidamente, en los cócteles o comidas, tenía los labios fruncidos con una determinación sin propósito, y sus ojos perdidos: parecía una actriz a punto de recitar el último monólogo de su carrera”, escribió el que fuera ex secretario de Estado y diputado entre 1983 y 1997. Durante una comida a un primer ministro de Europa del Este y cuando Thatcher estaba bien borracha, haciendo uso de su oratoria alrededor de su pequeño círculo, el ex secretario de Estado se levantó y se fue. “Con una excusa fui a tomar un trago de vino al otro salón -dice Walden-y allí me encontré al hombre (el secretario de Estado), bebiendo solo y repitiéndose a sí mismo: “No puedo soportar más esto”, cuenta Walden. En la reconstrucción de los días dorados de la revolución conservadora en Downing Street, Walden recuerda: en el momento en que uno decía algo, ella te agarraba del brazo y, con la vista clavada en la nada, iniciaba un discurso que sonaba como si fuera arrancado de un archivo. Había llegado a un punto en que no sabía lo que hacía. La autobiografía de Walden se publicó en un momento en que el Partido Conservador anunció el fin del thatcherismo y propuso poner límites a la economía de mercado, defendiendo la educación y la salud públicas.

Con una pluma vibrante, Walden reconoce que la más vigorosa e inteligente de las primeras ministro en décadas se ha vuelto una historia anecdótica. Walden reconoce que la primera impresión de la señora Thatcher siempre fue positiva para él. Pronto aprendió que los mandarines de la Cancillería británica no eran ni bienvenidos ni respetados por la señora Thatcher. Su política era la de que “hay que hacer” y estaba compuesta por tres elementos vitales: fuertes pasiones, una clara inteligencia y la verborrea que proporciona el whisky. Pero el problema era cuando ponía todos los elementos en marcha al mismo tiempo. Reconoce que Denis, el marido de Thatcher, tenía opiniones políticas radicales que nunca admitía públicamente y era el único que la controlaba. En la mitad de una gran discusión política con la Premier, a la una o dos de la mañana, en Washington, Tokio o Japón, cuando Carrington (el canciller británico) y Walden lo que querían era irse a dormir, Denis entraba de imprevisto y gritaba: ¡¡ A la cama, Margaret!. Y ella obedecía como un corderito.

En las conferencias internacionales, su compulsiva conversación era un auténtica una vergüenza. En un encuentro con el presidente Ronald Reagan, la Thatcher hablaba demasiado, sin parar, mientras Reagan en silencio mantenía una sonrisa televisiva de compromiso. De pronto y en medio de la verborrea, lady Thatcher cerró su boca. Sorprendido por ese abrupto silencio Walden levantó las cejas hacia Carrington (el canciller), que le pasó copia del papel que acababa de hacer leer a la Premier: “Margaret, estás hablando demasiado”. Nunca vi otro ministro que se atreviera a hacerlo, relató el autor del fin del thatcherismo.

La Dama de Hierro tenía una pésima relación con su canciller Geoffrey Howe, a quien insultaba personalmente en las reuniones. Verlo a él apuñalarla por la espalda en su discurso de renuncia en la Cámara de los Comunes fue como ver a una mujer golpeada y atacada finalmente por su marido violento, describió Walden y añadió que la renuncia de Howe tuvo limitada importancia. Su juicio no les servía en ese momento y más pronto o más tarde se tenía que ir. Los diputados no votaron contra la Premier no porque hubiera puesto en peligro las posibilidades de reelección, sino porque los distritos electorales también estaban perdiendo fe en ella, dijo.

Empezando por el principio: del amor al odio de los militares argentinos por la firmeza de Mrs Thatcher

Los primeros triunfos de Margaret Thatcher embelesaron a los dictadores militares argentinos. En 1980 el super poderoso ministro de Economía argentino, Martínez de Hoz, hizo a Thatcher una breve visita de cortesía durante su gira por Londres, destinada a profundizar las tradicionales, y por ese entonces renovadas, ataduras económicas de Argentina con Gran Bretaña. El ejemplo de pavoroso cinismo que la Thatcher desplegaba en gran Bretaña contra los mineros o el IRA irlandés también era elogiado por los dictadores argentinos, que ya no podían ocultar las consecuencias del terrorismo de Estado que en Argentina ellos mismos habían desatado en 1976.

Cuando estalló el conflicto de las Malvinas, en 1982, por una decisión de los militares argentinos entonces la ferocidad de la Thatcher fue condenada por quienes antes la aplaudieron.

Hoy sobran las evidencias de que la guerra de las Malvinas benefició políticamente a la Thatcher: en abril de 1982, su popularidad había descendido en forma notable sobre todo después de las sangrientas represiones a las protestas en Liverpool, en Birmingham y en otras ciudades portuarias y fabriles de la Gran Bretaña profunda. Tampoco a nadie le había gustado que en 1981, Bobby Sand, un miembro del Ejército Revolucionario Irlandés llevara hasta el final la huelga de hambre en prisión junto con varios compañeros. “A ellos al menos se les permite elegir como morir”, fue el comentario de la Thatcher.

En 1985 se alzó con otro triunfo. Una dura huelga de mineros del carbón desatada en 1984, terminó sin que el Estado aceptara ni una de las reivindicaciones gremiales. La reaccionaria política social de Thatcher iba por otro lado: un millón y medio de inquilinos se convirtieron en dueños, lo que le permitió exclamar, fiel a su estilo: “Estamos haciendo una democracia de propietarios”. Estimulados por Thatcher, los pequeños ahorristas y empresarios decidieron especular: en 1987, la cantidad de accionistas de la Bolsa de Londres fue mayor que la de los afiliados a los sindicatos. Todo terminó el 19 de octubre de ese año, cuando la ruleta cantó cero, llevó a la ruina a los inversores y cargó de deudas impagables a aquellos propietarios de una ilusión.

Cuándo por primera vez Mrs Thatcher pensó en atacar a sus admiradores argentinos por haberse apoderado de las Malvinas

La Primera Ministra británica analizó fríamente la posibilidad de atacar militarmente al continente argentino y poner fin a la guerra de banderas y hostigamiento de los militares hacia la población de las Falklands. Su secretario privado pidió informes al Foreign Office sobre un eventual bombardeo de la Patagonia argentina, seguido del desembarco de paracaidistas y comandos ingleses.

Para los argentinos Margaret Thatcher es sinónimo de la guerra de Malvinas/Falklands.

En abril de 1982, la “Dama de Hierro” decidió por fin tras preparativos militares secretos enviar un contingente armado, lo mejor de la Royal Navy (la Marina Real), a un costo exorbitante para cruzar los mares desde el Atlántico norte al Atlántico sur para recuperar el archipiélago después de que había sido ocupado por orden del gobierno militar argentino, a un costo exorbitante en libras y que acabó también a un precio invalorable en vidas…

Esta decisión dio lugar a un cruento enfrentamiento militar que duraría mes y medio con la derrota argentina y la muerte de unos 650 soldados argentinos y 255 británicos.

Más allá de su resolución de ir a la guerra por las islas Malvinas que ambos países se han disputado desde hace 180 años, lo que muchos argentinos aún recriminan a Thatcher a la hora de su muerte fue su decisión personal de hundir el crucero General Belgrano, apenas navegable, (databa de la primera guerra europea) pero que el general Galtieri lo hizo salir a la mar para enfrentarse a la flota venida de Inglaterra.

El momento más controvertido del conflicto ocurrió el 2 de mayo en que la entonces primera ministra británica Margaret Thatcher dio la orden al submarino atómico inglés “HMS Conqueror” de atacar con torpedos al viejo buque de guerra de la Armada argentina, a pesar de que en ese momento navegaba fuera del área de exclusión fijada por Londres y se dirigía con una tripulación bisoña de marinos de entre 18 y 20 años hacia la Tierra de Fuego, alejándose de la zona oficial de conflicto.

El hundimiento del Belgrano tenía la intención, de boicotear las gestiones de paz encabezadas por el entonces presidente peruano Fernando Belaúnde Terry, quien lo había comunicado gozoso a Londres. La Primera Ministro estaba furiosa: la victoria de la Marina de Su Majestad y los miembros de los Reales Marines al recuperar las islas debía ser clara, rotunda, definitiva. Para ella un armisticio significaba una derrota personal y la ruina de su carrera y demostrar debilidad. Ella que había sabido revitalizar los laureles marchitos del imperio, ella que estaba metiendo en vereda a los mineros y a sus poderosos Sindicatos, ella que había derrotado al IRA irlandés, ella… Y dio orden al capitán del submarino HMS Conqueror de hundir el buque argentino en cuanto lo tuviera al alcance.

Los torpedos alcanzaron la línea de flotación del General Belgrano y el barco se hundió en medio de una gran conflagración, sin saberse a bordo la causa de la tremenda explosión. En la sorpresiva operación naval 323 marinos argentinos se ahogaron en las gélidas aguas atlánticas, sin disparar un tiro, ni ver al submarino agresor. Hubo otros, dados como desaparecidos en lo que fue el incidente más mortífero y cruel de la guerra. De estos, desaparecidos algunos huyeron tras alcanzar la costa y prefirieron no saber nada más de la guerra y otros debieron morir evidentemente.

Para muchos argentinos esa acción convirtió a Thatcher en una “asesina”. Y por eso algunos festejaron la noticia de su muerte. Hay una comisión de veteranos que ha estado pidiendo desde mayo del 82 que Margaret Thatcher fuera condenada por crímenes de guerra.

El hundimiento del General Belgrano lo que la mayoría de los argentinos no pueden olvidar

“¡El infierno la espera señora! ¡O quizás Dios la perdone por tanto daño! (…)”, señaló Norma Sánchez a través de la página online del diario Clarín.

“Ojalá te alcance la justicia divina, los muertos del crucero Belgrano lo exigen (…)”, agregó por su parte Esteban Luna.

Hay una tercera opinión como la de, Alberto Larroca que condena con sus palabras no sólo a la exPremier británica sino a su par argentino de ese momento: “Saludos al General Galtieri y a Mrs. Thatcher que estarán por ahí en el infierno tomando unos whiskeys juntos. Ambos son tela del mismo percal teñido de sangre asesina.”, expresó.

Pero quizás la visión menos esperada sobre la fallecida exlíder británica la tenga José Luis Ferreira, un excombatiente de Malvinas que con apenas 17 años servía como marino a bordo del General Belgrano cuando fue hundido.

Aunque han pasado cuarenta años los argentinos no olvidan la guerra de las Malvinas, el hundimiento del Belgrano y consideran a Margaret Thatcher la autora de la guerra sucia
Ferreira pasó 24 horas al borde de la muerte en alta mar, esperando sobre un bote salvavidas con otros 30 marinos, a temperaturas de 12 grados bajo cero, y en medio de una tormenta con olas de hasta 10 metros de alto.

“Thatcher merece condolencias, ojalá Dios la perdone por las cosas terribles que hizo”. Sin resentimientos, marino J.L. Ferreira.

Pero no todos en Argentina tienen la misma visión sobre Margaret Thatcher.

Para muchos fue una gran política que simplemente estaba cumpliendo con su trabajo. Y los culpables de la guerra fueron los líderes militares de Argentina.

“Ella no fue una asesina, hizo por su país lo que los inoperantes del nuestro no hicieron: defenderlo y honrarlo”, opinó Daniel García.

El verdadero crimen de Mrs Thatcher fue el, ordenar el torpedeamiento del Belgrano, cuando navegaba fuera de la zona de guerra que los británicos habían impuesto. Fue un delito contra las leyes de la guerra, las del mar, una puñalada trapera.

Los secretos de Mrs. Thatcher para poder aguantar las adversidades: Whisky con soda y vitamina B12

Durante la Guerra de Malvinas se pasó las noches en vela bebiendo grandes cantidades de alcohol. También se inyectaba vitamina B-12 para tener energía. Lo reveló su asistente personal

“Bells“, el gran compañero de aventuras de la ex primer ministro británica, Margaret Thatcher. No se trata de un perro caniche o un fox-terrier sino de un añejo whisky escocés, que la vigorizó en la Guerra de las Malvinas y, en muchas oportunidades, fue su “confidente” y hasta el reemplazante de más de una noche de sueño.

En un documental que emitirá la televisión británica ITN, Cynthia Crawford —su asistente personal cuando la Dama de Hierro ejerció el poder entre 1979 y 1990— relató que el whisky calmaba el estrés de la ex premier, templaba su espíritu y podía beber toda la noche sin ir a la cama.

Al igual que su enemigo, el ex dictador argentino Leopoldo Fortunato Galtieri, “Maggie” Thatcher apelaba al alcohol para fortificarse durante la guerra de las Malvinas. “Nos sentábamos en el piso toda la noche. Para el final de las Malvinas, yo me volví adicta al whisky con soda”, explicó Crawford.

El alcoholismo es un hábito que los británicos no condenan socialmente y que hoy se ha convertido en un problema serio para la población. Margaret Thatcher no fue una excepción.

Hija de un pastor metodista y puritano, Maggie tomaba cocoa cuando estudiaba química en la Universidad de Oxford. Se dejó influenciar por Dennis Thatcher, su marido, cuya debilidad era el gin-tonic y aunque parecía ocupar un papel de bufón, tenía una inmensa influencia en las políticas que decidía su mujer.

Entre 1987 y 1990, Gran Bretaña estuvo signada por el deterioro de los servicios públicos de salud, transporte y educación, por el alza de las tasas de interés y de los impuestos, por la quiebra masiva de pequeños comercios en contraste con los grandes consorcios y por el aumento de la inflación y de la desocupación.

Fue entonces cuando los conservadores decidieron que ya estaba bien. Thatcher perdió las elecciones internas de noviembre de 1990, se negó a una segunda vuelta en la que sería derrotada y renunció como primer ministro. Era el fin de una época.

Si la monarquía parlamentaria británica hubiese tenido horcas, tal vez Thatcher habría merecido una. A modo de remedo, millones de europeos, muchos de ellos británicos que habían perdido su copa de leche en los 70, brindaron con champán para celebrar el adiós de la Dama de Hierro.

La asistente Crawford recuerda que Thatcher estaba en París en una cumbre en 1990 cuando se enteró de que su liderazgo parlamentario podía ser desafiado en una maniobra política que ponía en peligro a su gobierno. “Volvió de la cena de gala destrozada. Y nos quedamos toda la noche sentadas bebiendo. Ella habló de toda su vida: su infancia, su padre, sus hijos mellizos Mark y Carol. No fuimos a la cama”, relató Cynthia Crawford.

Crawford recuerda, sobre todo, una frase de la Dama de Hierro: “Querida: No debéis tomar gin-tonic en mitad de la noche. Es mejor que toméis whisky, que nos da energía”

Aunque el alcohol no era su única debilidad. La infatigable premier recibía en sus nalgas una inyección de vitamina B12 para recuperar energía. Esta vitamina natural, extraída de pescado y huevos, fortifica los glóbulos rojos.

Una de esas inyecciones se la dieron cuando informó a su gabinete que renunciaba.

Por coincidencia, la vitamina había sido descubierta por una de las profesoras que enseñó a Thatcher en la universidad: Dorothy Hodgkin.

Esa vitalidad guerrera artificial de Thatcher posiblemente haya sido uno de los grandes secretos de su ambición de poder. Un estilo que consistía en tratar con rigor a sus ministros, como a su canciller Geoffrey Howe, un personaje al que detestaba y trataba, según la descripción de Ken Clarke —otro de sus secretarios— “como una bota vieja”.

Sus puritanos orígenes la forzaban a prescindir de criadas y mayordomos y era muy considerada con su escasa servidumbre.

Siempre invitaba el día de Navidad a la viuda de su chófer, el cual había muerto en un accidente; cuando alguna de las esposas de sus ministros enfermaba, la Primera Ministra ordenaba a sus funcionarios que fueran al hospital a visitarla. Hasta podía ser simpática con algunos periodistas: un día le prestó bolígrafo y libreta de Sue Mac Gregor a una periodista de la radio BBC, durante un viaje.

La baronesa Shirley Williams siempre recuerda que “en la Cámara de los Comunes siempre estaba Margaret planchando su vestido en la sala de mujeres”.

La productora Brook Lapping ha realizado una serie de documentales que se emitirán pronto, basados en una biografía escrita especialmente por Brenda Maddox.

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