ESCLAVITUD

 

Los caballos no nos obedecen,

y no galopamos a hombros de nuestro propio destino.

Arriba el corazón se para cuando el reloj de ortigas

marca el inicio del fin de temporada.

 

Buscábamos el arca de los instrumentos quirúrgicos del tiempo;

pasadas las horas infinitas fertilizábase la piel de una espalda agotada

por las suicidadas cuerdas.

 

¡Cúan largo es el brazo magullado por una fusta de cortante hierba!

Abajo los pies se detienen al otear desde lomas la montaña carmesí

de olas cárnicas sin límites.

 

Nos queremos porque la sal es savia en la corriente de soldados con machetes

de palabra activa.

Y nos odian por secar los arroyos donde la sangre pura fluye desde cabezas de gigantes sin sus piernas.

 

No sabíamos que siervos éramos, y caminábamos ciegos ante las pantallas de plasma hipnótico.

Nos creían eternamente vencibles porque reíamos las gracias tristes de nuestros adictivos violadores.

Se mecían entre el goce de un latigazo continuo en las cabezas con sueño.

 

Sin sueños las pesadillas son peces que muerden las colas de los muertos que transitan

por el infierno que a un vacío más profundo conduce desde el veneno.

¡Escuchemos, escuchemos nuestro propio cántico desde la honda gruta de enanos minimizados!

 

Se llega hasta la luz destrozando las bombillas que embotan nuestras conciencias.

Caballos seremos nosotros, domados hasta la náusea por sombreros altos, negros, soberbios,

de cristales agrietados por pecados de corruptos cavadores,

cavadores de tumbas que honran sepultureros que no bajan la guardia,

que no descienden a cisternas en que los gritos del que se ahoga es canción de fiasco cuando su almohada roza.

 

¿Quién pondrá fin a este himno de apenados reclusos en la cárcel del desánimo?

Escuchemos la llama que crepita en la caja torácica de díscolos peones sobre tablero férvido.

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