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Desde el inicio de la crisis en Siria, ciertas partes occidentales y árabes han venido hablando de un cambio en la posición rusa en favor del gobierno del presidente Bashar al Assad. Sin embargo, este cambio no ha tenido lugar.

En efecto, los intereses de Rusia en Siria no se limitan a una base naval ni a un partenariado militar ni a inversiones en los sectores del petróleo y el gas. La cuestión es diferente: Rusia ha decidido recuperar integralmente su posición y su influencia internacionales. Una decisión que va a par con la historia de los rusos, de sus proezas, de sus capacidades militares y de su desarrollo económico. Además, esta política supone también una estrategia defensiva para la propia Federación Rusa.

Rusia sabe que si da marcha atrás un solo centímetro en el caso de Siria, esto llevaría a la pérdida de su credibilidad y a la fragmentación del estado construido por los zares en la era moderna y fortalecido por el actual presidente, Vladimir Putin, y también a que el escenario de Siria se repita en el Norte del Cáucaso ruso.

A finales del período soviético, la élite rusa creyó que Rusia podría adoptar un papel restringido en política internacional y convertirse en un país similar a Francia. Sin embargo, Rusia se hundió con tales políticas. Se convirtió en un país incapaz de pagar los salarios, humillado por Occidente y dañado por el terrorismo. Sin embargo, todo eso pertenece al pasado. Rusia ha descubierto que su papel imperial internacional es una condición esencial para su prosperidad y seguridad nacional.

En 1999, la mayor parte de los rusos estaban sumidos en el pesimismo e incluso millones habían caído en la drogadicción. En 2013, las estadísticas occidentales afirman que el 77% de los rusos se muestran “contentos” con su situación. ¿Quién dijo que el bienestar está asegurado simplemente por los empleos, la vivienda y la seguridad social? El sentimiento colectivo de confianza en la patria, en su estatus y en su potencial también cuenta.

Rusia no renunciará a su papel internacional. Y en el corazón de este papel se encuentra Siria, un antiguo aliado sólido y el eslabón que enlaza el eje internacional y regional que pasa por Pekín, Moscú, Teherán, Bagdad y Damasco hasta el Sur del Líbano, donde se encuentra la legendaria potencia de Hezbolá, que ha sido consagrado como un aliado de Rusia, tras “la reunión que se prolongó hasta el alba” entre el secretario general de Hezbolá, Sayyed Hassan Nasralá, y el representante ruso, Mijail Bogdanov.

Si Siria cae, toda la cadena de alianzas rusa va a caer, e inclusive el propio estado ruso. Siria es el eslabón que mantiene la cadena unida y sólida y el presidente Bashar al Assad es el aliado más próximo a los rusos entre los aliados del nuevo eje.

Putin ha encargado a su excepcional ministro de Relaciones Exteriores, Serguei Lavrov, dirigir la batalla diplomática, pero, junto con sus generales, está preparado para todas las posibilidades. No sólo en Siria, sino en toda la región. A este propósito podríamos recordar las declaraciones de la emperatriz rusa Catalina la Grande, que dijo en una ocasión: “Las puertas del Kremlin se encuentran en Damasco”.

(Fuente consultada: Al Manar en lengua castellana)

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