alienacion masiva

Érase una vez un país, un pueblo o un grupo de pueblos que creía vivir en una imperfecta democracia, aunque según estas buenas gentes, muy superior al régimen precedente, al que llamaban dictadura, y algunos, muy pocos, dictadura evidente.

Érase una sociedad ilusionada, o, más bien, ilusa, presidida por mandatarios que hacían el trabajo político de los grandes capitales económico, financiero y transnacional. Una comunidad al frente de la cual figuraba nominalmente un personaje que ni había sido elegido por los humildes ni había ganado unas oposiciones ni había hecho méritos para desempeñar un cargo más simbólico que efectivo.

Éranse unas masas que creían tener derechos, que no sabían de negocios y que se engañaban a sí mismas hablando de libertades en colosal jaula que ni de oro era. Vivían en casas que les ofrecieron ladrones a los que los nombrados mandatarios salvaron de un naufragio que se avecinaba. Trabajaban horas y horas parcialmente retribuidas, se vendían como rameras sin saber que lo eran, ingerían cápsulas para no cavilar, devoraban pelotas de reglamento ante pantallas 3D, seguían una semana al año, preferentemente, palos vestidos entre estruendo de instrumentos musicales, asfixiante olor a incienso y fe ciega en la ceguera misma. Alzacuellos y mitras con panzas propias regoldaban entre oraciones paraísos inexistentes.

Éranse personas que veían más hospitales en series televisivas que en la vida real, que se agolpaban ante entradas de oficinas con empleados confiados y con excluidos sin esperanza. Éranse esporádicos visitantes de farmacias, rara vez visitados por auxiliadoras manos recortadas por depuradores de almas no escogidas por los guardianes de la pureza de la élite.

Érase un Estado ocupado con disimulo por sus amigos-no amigos, por  enemigos de la paz con sangre en sus chequeras y dientes largos hacia el Sur orientados. Un Estado sin instituciones fuera del saco de una suprainstitucionalidad nunca saciada por sus imposiciones incendiarias, devastadoras.

Érase un micromundo de ineducados orgullosos de su necedad creciente, de insaciables consumidores de brutalidad enlatada, de sesgada información transmitida por verdugos, sepultureros, aves de mal agüero, narradores de revoluciones fingidas y esclavistas hipnotizadores de siervos. Érase un minicosmos de escuelas apolilladas, docentes vapuleados y listas de espera miriamétricas en busca de tahonas remotas, en un exterior que quebraba corazones, familias, recuerdos y viejos planes que atrapados en la nada se quedaron.

Érase un rumor pretérito que sufrió asma en presente que cerró puertas a porvenir que abrió nuevo acceso a la esperanza herida, nunca muerta.

Érase una historia de internas luchas, externas amenazas, derrotas extenuantes y premios alcanzados por obra y gracia de unos ojos avizores.

Érase…

 

no desfallecer

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