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Por más que circule en el mundo occidental “democrático” la idea de que Turquía es una nación ejemplar en el contexto de países en que predomina la fe islámica, lo cierto es que el pretendido laicismo del que presume el bello país entre dos continentes nunca ha convencido a las masas rurales de las zonas interiores, muy conservadoras en sus costumbre y poco proclives a la igualdad efectiva de géneros, por ejemplo. Desde Kemal “Padre de los Turcos”, las reformas implementadas en Turquía como signos de ruptura de muchos tipos con el duradero y poderoso Imperio Otomano, el cual en el momento de los inicios de la Primera Gran Guerra ya se hallaba en franca decadencia, cuajaron muy bien al principio entre las clases acomodadas urbanas, sobre todo en Estambul en plena década de los 20´s del siglo pasado. Pero lógicamente muchos siglos de tradición islámica en una sociedad que, además, estuvo dirigida por una élite que expandió con mayor o menor grado de violencia el Islam por Oriente Próximo, África septentrional y buena parte de Europa. Aunque lo cierto es que, salvo pocas excepciones, no hubo episodios de intolerancia religiosa en los territorios conquistados por “La Sublime Puerta”, sino más bien todo lo contrario, especialmente si establecemos comparación con el típico proceder de los cristianos cuando éstos han tenido que convivir con gentes de otras confesiones y creencias.

Durante la Segunda Guerra Mundial el Ejecutivo (republicano) turco jugó a arrimarse al sol que más calentaba. Primero se acercó a los Aliados, después intentó arrimarse a Alemania cuando a ésta le estaban saliendo bien las cosas, y, finalmente, se decantó por volver a la colaboración con los primeros y en contra del Eje maligno (Japón incluido) al ver con suma astucia que la propia Turquía podía sacar tajada de una victoria más que probable (y luego confirmada, como se sabe) de las potencias que marcaron política y económicamente el mundo capitalista de posguerra.

Por su privilegiada ubicación geográfica, la Península de Anatolia no tardó en ser vista con interesadísimos ojos por USA y sus socios o satélites anticomunistas europeos, nada favorables a un acercamiento turco-soviético que pudiese comprometer seriamente los planes imperialistas en Oriente Medio, dada, por otra parte, la proximidad de Turquía a Estados entonces estructuralmente socialistas. De este modo, Ankara, hábilmente seducida, caería rendida ante los pies de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, hecho que determinaría hasta la época actual las posturas diplomáticas turcas con respecto a cuestiones como la israelí o la siria, ambas interrelacionadas y que condicionan ahora más que nunca la estabilidad en una de las áreas más calientes del planeta.

Los recientes disturbios, y que aún no han terminado, en la ciudad más dinámica y visitada de la nación que, pese a haberlo intentado, no ha conseguido su membresía de la UE, son consecuencia directa de un rebrote de corte confesionalista desde el Gobierno dirigido por Tayyip Erdogan, Primer Ministro a menudo contradictorio, que un día puede mostrarse hostil contra el sionismo y en defensa de la causa palestina, así como partidario de seguir importando crudo iraní, mientras que de un tiempo para acá es la rugiente voz de un títere proyanqui y proisraelí a la hora de demonizar el “régimen” sirio, ex aliado suyo.

Eso que se cuenta sobre el intento de una parte de la población de salvar un parque público estambulita es tan sólo un pretexto para manifestar (nunca mejor dicho) fuerte rechazo hacia aspectos ya comentados de políticas interior y exterior. Recordemos que el pasado mes de mayo ya hubo revueltas localizadas, aproximadamente, en el mismo punto de ahora, la Plaza de Taksim, por causas relacionadas con el hecho de prohibir la celebración de la Jornada Internacional de los Trabajadores. Ahora bien, la airada expresión del descontento generalizado se está extendiendo por otras ciudades del país, un indicio más de que, si no hay conspiraciones foráneas de por medio, Don Recep, islamista moderado, es tremendamente impopular por sus dictados capitalistas de corte neoliberal.

El sindicalismo turco más contestatario, junto con el Partido Comunista de Turquía, el Partido de los Trabajadores y el Partido Republicano del Pueblo protagonizaron las revueltas justificadas por la recrudecida represión gubernamental, que recuerda no poco al Sangriento Día de Mayo del año 1977, fecha en la que unos supuestos desconocidos dispararon mortalmente a una multitud concentrada en la ciudad estambuleña; el saldo fue de 34 personas fallecidas.

Recapitulando: es muy posible que el pueblo turco, no está claro si la mayoría del mismo, demande urgentes cambios socioeconómicos y otro rol de su país en el plano internacional. Pero aún existe una apreciable dicotomía entre la Turquía más progresista y la menos participativa y la de la Turquía profunda y menos industrializada, menos politizada. Todavía no ha sido condenada desde esos lares oficialmente el genocidio armenio de 1915, la lucha obrera se centra en la reivindicación de exigencias propias de un clima en que algunos derechos fundamentales están bajo muy dura amenaza y el señor Erdogan es renuente al diálogo y a las inaplazables mesas de negociación.

¿Es Turquía ideal, independiente, soberana y el espejo en que mirarse nuestros “enemigos” del mundo árabe y musulmán? ¿Habrá una “primavera revolucionaria” turca? Si la hay realmente, no será una tutelada por el Imperio y su panda de amigotes y siervos macarras, sino aplastada por ellos si es vista como un inminente peligro para los proyectos globalizador y expansionista imperiales. Y, una vez más, será el Gobierno turco el necesario cooperador de sus amos. ¿Acaso por eso de “Paz en casa, paz en el mundo”?

¡Cuántas incógnitas aún no despejadas!

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