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Las profusas protestas extendidas por el gigante sudamericano, superpotencia emergente de considerable crecimiento económico dentro de un régimen que tiende al cambio social y al progreso, pero en el marco de una política que no deja de ser burguesa estructuralmente, y muy contradictoria en su praxis, merece un análisis sometido a la aprobación o al rechazo de quien lo lea y comparta.

Se afirma que el detonante de las manifestaciones ha sido el aumento del precio del transporte público en Sao Paulo y Rio de Janeiro, algo que sin duda escandaliza cuando se está empezando a familiarizar un pueblo con unas mejoras características de un modelo posneoliberal que se consolida. El camino iniciado por Lula, gran amigo del Comandante Chávez, para superar amplias brechas entre clases en lo relativo a niveles de vida fue, sin embargo, duramente criticado por intelectuales de izquierda, sindicalistas y movimientos sociales, bien por insuficiente, bien porque no rompía con tradicionales esquemas capitalistas que generaban conflictos con países vecinos por causa de intereses de empresas transnacionales brasileñas, bien porque, como denunciaba el MST, no se estaba desde el Gobierno federal por la labor de resolver el problema del justo reparto de la tierra, un problema que, por cierto, persiste en esta etapa actual, liderada por Dilma.

La miseria, cierto es, empezó a decrecer con el antecesor de Rousseff y el empleo empezó a subir, a pesar de que se denuncie un grado de inestabilidad laboral que no debería ser encubierto por los datos oficiales. Hablamos de un modo de gobernar basado en el asistencialismo reformador o reformista más que en un proyecto en la línea del llamado socialismo del siglo XXI.

En la integración del Brasil en la institucionalidad, suponemos que en no pequeña medida, supranacional, impulsada por el bolivarianismo venezolano, el Ejecutivo encabezado por Rousseff ha desempeñado un rol fundamental, pero no por ello se ha abstenido de hacer gala de un inoportuno pragmatismo a la hora de valorar públicamente situaciones golpistas y/o desestabilizadoras (el caso paraguayo es el más sangrante) en alguna nación hermana y vecina cuyo pueblo necesitaba más apoyo y solidaridad que indiferencia y desviaciones de miradas.

La lucha a favor de la no impunidad por crímenes cometidos bajo el régimen de Ernesto Geisel, del que la propia Dilma fue víctima, la crítica no hipócrita de cuánto queda todavía en Brasil por mejorar el campo de los derechos humanos, y el cálido acercamiento fraternal, no injerencista, a Cuba, son ejemplos de que la diplomacia brasilera demuestra signos de habilidad que merecen elogios, por más que el Partido dos Trabalhadores no se aproxime a posiciones revolucionarias.

Un alto índice de criminalidad, organizada y común, problemas relacionados con el narcotráfico, la débil protección de la Amazonía, una prensa corporativa muy agresiva y déficits de sanidad, educación, vivienda e inclusión social, pesan negativamente en la balanza de los deberes que no han sido todavía finalizados. El ingente gasto en la preparación de la Copa futbolística de Confederaciones y de los Juegos Olímpicos de Verano de 2016 pueden, efectivamente, ser vistos como despilfarro, aunque tengan la finalidad de mejorar la imagen internacional de Brasil.

Pero ni las viejas grandes potencias desarrolladas ni la reaccionaria oligarquía local, proclive a acercamientos peligrosos a la órbita de Washington y sus intereses imperiales regionales, van a desaprovechar lo que ahora sucede en territorio brasileño si pueden utilizarlo en contra de la importancia gradual brasileña en el ámbito macroeconómico. De la Europa atrapada en la recesión podemos decir lo mismo, ya que, además de aliada incondicional de Estados Unidos, contempla con recelo el papel de líder sudamericano de una República que hasta mantiene relaciones comerciales-militares con Venezuela y Rusia para modernizar y fortalecer su armamento (el brasileño, evidentemente), e inclusive con China, el temido (por algunos) coloso asiático.

Es este alineamiento del Brasil con otras naciones ascendentes, no en vano es parte integrante del grupo de los BRICS, lo que más preocupa a sus enemigos nada contrarios, como se sabe, al imperialismo.

No podemos negar que hay una fuerte base de indignación justificada en el descontento expresado por las masas populares en las principales urbes brasileñas, previas en muchos casos convocatorias desde Internet. Como de costumbre en escenarios similares son sobre todo los jóvenes los que llevan la voz cantante, por ser los más vulnerables a comportamientos erráticos cometidos por y desde el Poder establecido. Engrosan las filas de los decepcionados comunistas, anarquistas y gente sin ideología definida. Estos últimos son los más manipulables y los más expuestos a manipulaciones por parte del astuto derechismo que persigue sacar jugosa tajada de la problemática.

He oído decir en algunos foros que examinan lo que ocurre en la hoy importantísima ex colonia portuguesa que si no hay una clara organización que se presente como alternativa al statu quo y que aglutine las insatisfacciones de los más desfavorecidos, el conservadurismo saldrá a corto plazo victorioso por activa o por pasiva.

Es lo peligroso de los fenómenos que se vienen dando en los últimos años en contextos diferentes pero metidos en el mismo saco por Falsimedia y por grupos de presión. ¿La gente se echa masivamente a las calles por inducción visible o subliminal de retorcidos laboratorios de ingeniería social, o es que estamos ante una extendida y repetitiva desorientación que, a la larga, perjudicará aún más a la lucha de orientación transformadora que tanta falta hace?

Todo lo que no sea una nueva “revolución” de colores no inspira desconfianza excesiva, mas debemos distinguir en todo momento la utilidad de la radicalización en el seno de la mayor parte de una sociedad concreta de la instrumentalización de reivindicaciones llevada a cabo por los sectores, nacionales y extranjeros, más retrógrados.

No falta tanto para el decisivo año 2014. ¡Cuidado con los pescadores en revueltas corrientes fluviales!

¿A quién favorece todo esto una vez admitido, juicios edificantes aparte, que un levantamiento ejemplar para colectivos genuinamente contestatarios jamás va a ser teletransmitido por los defensores del presente orden mundial?

Sospechosas y cargantes como siempre, la abundancia de mascaritas de Guy Fawkes/Anonymous en este enorme berenjenal.

Nadie tiene la verdad categórica.

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