congreso nacional africano

“La situación actual de Sudáfrica es sumamente complicada. La colonización y el posterior sistema de segregación racial hicieron que la mayoría de los recursos se concentraran en los blancos, situación que permanece inalterable. Paralelamente, más del 60% de la población vive bajo el límite de pobreza, mientras menos del 11% concentra la producción del país, el más rico del continente por sus riquezas naturales y su ubicación geográfica. “Es una mezcla única de primer y tercer mundo cuyo resultado, más que el segundo mundo, es la dualidad. Un país que reproduce dentro de sus fronteras la realidad global, los inaceptables desequilibrios entre países ricos -representados por los blancos de Sudáfrica- y los países pobres -en la figura de los negros.”

(Guimón J.: “La complejidad sudafricana” en Papeles de cuestiones internacionales Nº 76 Invierno 2001/2002. Centro de investigación para la paz. Madrid.)

Estas palabras fueron escritas hace justamente diez años, cuando la República de Sudáfrica, a más de un decenio de distancia del fin oficial del Apartheid, empezaba su andadura como nación en que, pese a la larga ilegalización a la que fue sometido el Partido Comunista de aquel país, un nuevo capitalismo caminaba por la senda de las contradicciones que son inherentes a este sistema.

Sudáfrica se insertaba sin problemas en el orden global predominante y reproducía en su interior el típico reparto de papeles propio de una sociedad de clases muy polarizada. Una burguesía negra y “coloured” emergente comenzaba a “competir” con los grandes propietarios blancos que verían, si no robustecido, sí mantenido su estatus, proveniente de la muy injusta etapa anterior de segregación racial y estricta división pigmentocrática del trabajo.

En el día de hoy y desde no hace mucho tiempo esta potencia emergente del África austral integra el grupo de Estados que, a caballo entre el mundo desarrollado y el que se encuentra en fase o vías de desarrollo, crecen económicamente, al margen de que los indicadores de bienestar social sean dignos de ser considerados satisfactorios.

Y es que dentro del continente africano, exactamente en la vastísima área subsahariana, hay naciones que siguen siendo emisoras naturales de migración tanto a Europa (principalmente) como a otras zonas de la propia África, entre ellas Sudáfrica. En este caso los migrantes más numerosos entran desde países fronterizos y se establecen en el país receptor bajo condiciones de habitabilidad que dejan mucho que desear. Recordemos el estallido masivo de zimbabuenses en este mismo siglo, que vivían en guetos o bantustanes como en la época de la estricta separación en “superiores” e “inferiores”.

De la misma Europa en “crisis”/estafa, donde el modelo neoliberal es un fiasco inviable e insalvable, han salido ciudadanos profesionalmente cualificados rumbo a África del Sur, en busca de empleos que, al menos, les proporcionen, siquiera temporalmente, un modo de sobrevivir aceptable y próximo a lo digno. Sin duda, en ámbitos en que es necesaria la observación sociológica de los segmentos poblacionales más vulnerables y cercanos a la exclusión, los europeos mejor formados científica y técnicamente prestan sus servicios  de manera adecuada a las circunstancias (salud y educación, sobre todo). Pero ¿hasta cuándo durará la endeble estabilidad propicia para la adquisición de cerebros extranjeros?

El desempleo, en general, es en extremo elevado y casi un 25% de la población malvive con menos de un dólar y medio diario. Y tal vez, si no fuera por una fuente de ingresos como el turismo, el escenario sería aún menos halagüeño.

Los datos macroeconómicos, es verdad, dan una impresión a quien los estudia de que, real o potencialmente, las cosas no van del todo mal. Sudáfrica descuella internacionalmente por sus reservas y diversidad de riquezas mineras, así como por la poderosa industria, única en el contexto africano: sectores de transformación de bienes agropecuarios, automovilístico o aeronáutico.

La Sudáfrica por cuya libertad lucharon admirables figuras como Mandela o Biko, con la magnífica ayuda de la Cuba revolucionaria, ayuda que se hizo extensiva a la hoy emancipada Namibia, no lo olvidemos, y que rompió las cadenas de su modalidad sangrienta y brutal de esclavitud para la mayoría popular, quizá tenga mucho que decir al resto del mundo en un momento histórico en que la necesidad de que un nuevo orden multipolar desplace la unipolaridad y el unipolarismo decadentes está fuera de cuestionamientos.

¿El socialismo alcanzará las instituciones y apostará por crecimiento y desarrollo sustentables con una base forzosamente humanista, o, por el contrario, el afán gubernamental contemporáneo de centrarse en la bella imagen del PIB quiere persistir en no ocuparse de la desigualdad, que pide a grito limpio su drástica erradicación?

El ex preso político de Robben Island prometió programas públicos por doquier para resolver problemas pendientes en su patria. Lamentablemente, dichas promesas fueron quebrantadas ante la inmisericorde presión ejercida por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Es triste que hayan abundado procesos efectivamente descolonizadores y antiimperialistas que degeneraron en un grado mayor o menor de sumisión a los imperativos del grupo de potencias neocolonialistas, esas potencias que, incapaces de ofrecer a sus propios ciudadanos un porvenir deseable, no permiten a la porción empobrecida del planeta levantar cabeza y construir su propio camino.

Huelga que nos preguntemos de quiénes ha de ser un mañana respetable.

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