bandera boliviana

Mariano Rajoy es hijo predilecto del fascismo español mal azucarado o “asacarinado”. Para el rostro tonto y visible de la oligarquía hispánica europea, resulta “artificial” el debate generado en torno a la prohibición de sobrevuelo sobre el espacio aéreo de España, Portugal, Francia e Italia del avión donde viajaba el mandatario boliviano, Evo Morales.

“Lo importante es que Snowden no va en ese avión y todo ese debate que se ha producido es un poco artificial”, recalcó el barbudo muñeco por el que el showman habla, el objeto de madera que nunca debió haber salido de Galicia y que jamás mojó sus soberbios calzonazos en aguas ennegrecidas por “hilillos” de viscosa sustancia.

Rajoy desprecia a ese indio que preside una rica nación andina desde hace más de siete años. No vale la pena, pensará, dedicar sonidos y tiempo al Presidente digno de una República en que cada vez es más difícil practicar saqueo y aún es del Tercer Mundo vilmente explotado por el decrépito Primero. Un ex Imperio colonial se debe al Imperio actual, aunque éste no sepa gestionar con inteligencia y bondad sus asuntos internos. Aunque no sepa sino ganar enemigos exteriores a fuerza de amenazas, meteduras de pata e intentos de control mundial que no acaban de cuajar. Europa se tambalea. ¿Por cuánto tiempo más va a desgastar sus rodillas ante presiones de la Casa Blanca? Podría contestar Mariano el Ibérico, pero su necia ceguera cree que su hundido país tiene que servir sin cuestionamientos a los que “saben sacar” a las depauperadas masas de las “crisis” calculadas.

El Primer Ministro español se refirió al asunto boliviano en declaraciones a la prensa antes de participar en Berlín, junto a Angela Merkel, y François Hollande, en una cumbre sobre el empleo juvenil. Estaba con los poderosos guays, con los colegas que molan, con el club de horrores que, para enderezar el rumbo de una economía maltrecha, receta lo contrario de lo que debe hacerse para adecentar el estado de cosas.

Y con la bendición del Departamento de Estado yanqui, ya de por sí esclavizado por grupos de presión que no se verán mucho, quizás, pero que son caballos que a su paso apagan la vida de extensísimos campos de hierba.

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