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Reitero que el diario Público juega a veces a ser de izquierdas, mientras que otras, muchas otras, le hace el juego a la burguesa derecha más rancia, mentirosa y propaladora de panfletos fascistas.

Pero hoy quiero transcribir un texto de ese periódico en que se hace justicia a una horrenda realidad histórica que suelen callar los gobiernos de las grandes potencias al tiempo que vierten miles de calumnias contra países cuyos “regímenes” se empeñan en demonizar para intentar tapar las vergüenzas del neocolonialismo y del imperialismo.

Hace casi cincuenta años se cometió uno de los más espantosos genocidios, y se cometió en Asia. Y no se cometió en Camboya (el de esta nación fue de la autoría de los yanquis, no de jemeres rojos), ni lo cometieron China o Vietnam (que nunca cometieron ninguno pero han sufrido atrocidades por parte de Occidente) o la República Popular Democrática de Corea, la cual, junto con Cuba, es el Estado más humanista y solidario del mundo.

Los crímenes a los que ahora me refiero fueron cometidos en Indonesia, contra el pueblo indonesio, especialmente contra los compañeros comunistas indonesios. No menos de 3 millones de personas “inmoladas” para contribuir a “salvar” al planeta de las “afiladas garras” de las liberaciones populares y de las exigencias de justicia social.

¿Y quiénes debieron responder, pagar, por una barbaridad semejante? Deberían haberlo hecho gobiernos occidentales, ultraderechistas indonesios del Ejército, sectores de la élite y fanáticos musulmanes no merecedores de que se los relacione con el contenido del Libro Sagrado del Islam.

“El año que vivimos peligrosamente” apenas constituye una aproximación a los terribles hechos vividos por una nación que perdió completamente su otrora fuerte basamento intelectual. En estos momentos se habla de otra cinta, recién estrenada, cuyo director pidió a un asesino que recrease para la película las torturas y otros ilícitos y crímenes que perpetró en su vida real, en el mencionado país isleño entre el Sudeste asiático y Oceanía.

Los invito a leer una noticia, pues, estremecedora. Continuemos indignados, claro, pero sin dejar de denunciar que los mayores crímenes contra la humanidad son obra de los que, cuando permiten que se hable algo de esto, lo hacen eludiendo absolutamente su mano instigadora, cómplice y beneficiaria de los actos de los que, en el ámbito privado e inclusive en el público, se sienten orgullosos.

Aquí va la noticia detallada:

En Indonesia, bandas de carniceros en 1965 acabaron con la vida de un millón de personas en menos de un año. “The Act of Killing”, de Joshua Oppenheimer, es la consecuencia de ese espeluznante delirio de fama de los genocidas indonesios, que hoy todavía viven como héroes en su país.

La película se ha estrenado el 30 de agosto en España. Werner Herzog, uno de los cineastas que más genialidad ha aportado al cine documental, ha demostrado públicamente su asombro ante “The Act of Killing”. “No he visto una película tan potente, surreal y terrorífica en al menos una década”, ha dicho y, desde luego, ha dado en el clavo con los adjetivos y con el orden en que los ha mencionado. Tan pasmosa, tan demencial es la historia de esta película, que la primera reacción ante ella es de sorpresa. Una especie de estupefacción que se convierte en aturdimiento y confusión antes de transformarse en espanto y, finalmente, en algo muy parecido a la angustia física.

Los escuadrones de la muerte Anwar Congo, uno de los cabecillas de los escuadrones de la muerte que actuaron en Indonesia tras el golpe militar contra el presidente Sukarno, es la estrella de esta película. Verdugo responsable, según sus palabras, de la tortura y asesinato con sus propias manos de más de mil personas, escenifica ante la cámara los crímenes que cometió, explica cómo perpetraba sus agresiones y se vanagloria de haberse inspirado para ello en las películas de gángsteres que estrenaban en el cine.

Matón de cine, en su juventud él y sus amigos controlaban el mercado negro de entradas. El ejército les reclutó tras el golpe para los escuadrones de la muerte porque sabía que odiaban a los comunistas -principales boicoteadores de las películas de EEUU, las más rentables en los cines- y ya habían demostrado que eran capaces de cualquier acto de violencia. Hoy, casi cincuenta años después, Anwar Congo es una figura venerada en Indonesia.

Fundador de una poderosísima organización paramilitar (Juventud de Pancasila), en la que figuran públicamente ministros del Gobierno, se le trata con todos los honores. Es la imagen, el símbolo, de un país demente, que aplaude la corrupción y la violencia. Un país en el que los genocidas son invitados de lujo en los programas de televisión, donde se explayan sobre sus proyectos cinematográficos y sobre sus aterradores asesinatos reales. Un país donde una buena parte de la población sigue viviendo completamente aterrorizada y a la que da la espalda el resto del planeta.

Palabra de genocida

“Matar está prohibido, por tanto, todos los asesinos son castigados, a menos que maten en grandes ca ntidades y al sonido de las trompetas”. Son las palabras de Voltaire con las que se abre esta película, en la que conviven las escenas del pavoroso rodaje en el que trabajan los criminales, con imágenes de ellos en otras situaciones y ante la cámara contestando a las preguntas del equipo de Oppenheimer.

– ¿Cómo exterminó a los comunistas?

– Los matamos a todos. Eso fue lo que pasó.

“No importa si acaba en la pantalla grande o en la televisión”, dice Anwar Congo refiriéndose a la película que están rodando y antes de añadir: “Tenemos que demostrar que ésta es la historia, que esto es lo que somos, para que la gente en el futuro lo recuerde”. Un esfuerzo tardío después de hablar ante las cámaras de este documental, pues es absolutamente imposible olvidar lo que cuentan, cómo lo cuentan y, lo peor, cómo lo celebran.

Anwar Congo baila vestido como un gangster de película después de mostrar el sitio donde llevaba a cabo las torturas. “Al principio los apaleábamos hasta la muerte, pero había muchísima sangre (…). Cuando limpiábamos, el olor era terrible. Para evitar la sangre, teníamos un sistema”. Y dicho esto, unos pasos de chachachá. Estremecedor.

“Matar a gente que no quería morir”

Testimonios como éste se suceden a lo largo de toda la película y no solo pr ocedentes del recuerdo de Anwar Congo. Un editor de prensa -”mi trabajo era hacer que el público odiase a los comunistas”-, un líder paramilitar local que hace ante las cámaras una ronda de extorsión en el mercado exigiendo dinero, el mismísimo vicepresidente del país, otro verdugo de la época, un miembro del Parlamento de Sumatra del Norte o el subsecretario de Juventud y Deporte hacen sus personales aportaciones al documental, dejando constancia de una de las cosas más sorprendentes de todas, la absoluta banalidad con que todos perciben el genocidio cometido y la perfecta impunidad que han construido a su alrededor.

“¿A cuántas personas mató?” pregunta a Anwar Congo con una sonrisa deslumbrante una presentadora de la TVRI, televisión pública de Indonesia. “A unas mil”, contesta él también sonriente. Espeluznante y, al mismo tiempo, lógico. Al fin y al cabo, Anwar Congo y sus colegas torturadores están ahí haciendo publicidad, promocionando la película que han rodado describiendo sus asesinatos.

La aberración ha llegado aquí a su punto culminante. Han pasado casi dos horas desde que comenzara la película y el espectador ha asistido al grotesco espectáculo de la fanfarronería de unos asesinos de masas. En todo ese tiempo se habrá preguntado, seguramente varias veces, ¿cómo es posible vivir con ello y ni siquiera arrepentirse? La respuesta es que probablemente no es posible.

“Sé que mis pesadillas las causa lo que hice, matar a gente que no quería morir”, dice en un momento del documental Anwar Congo, cada vez más afectado por el proceso de rodaje de la película y a quien la cámara de Oppenheimer graba también mientras interpreta el papel de víctima en una de sus recreaciones. Momento clave para el genocida y para The Act of Killing, éste en que el asesino se pone en lugar de sus víctimas. Es una secuencia que conduce al final de este documento. Y aquí, las turbulencias emocionales por las que ha pasado el espectador son tantas y tan profundas que ya es muy difícil decidir si ese hombre -en el que algo ahora ha cambiado- está arrepentido o si lo que siente es asco ante la marea de sangre provocada o si es que realmente no quería entender y ahora, por fin, ha entendido lo que significa el acto de matar.

“UNA TÉCNICA DE RODAJE PARA INTENTAR COMPRENDER”

Ganadora de múltiples premios, esta película se gestó después de tres años que el director Joshua Oppenheimer dedicó a rodar a los supervivientes de las masacres de 1965 y 1966. En ese tiempo, el equipo de la película fue amenazado, acosado y advertido para que abandonara. Sin embargo, “los asesinos estaban más que dispuestos a ayudarnos y, cuando los filmamos fanfarroneando sobre sus crímenes contra la humanidad, no encontramos ninguna oposición. Se nos abrieron todas las puertas”. Y ahí, en medio de lo que Oppenheimer llamar “esa extraña situación”, se inició un segundo punto de inicio de la película.

Propusieron a los gángsteres que rodaran su propia película y que se interpretaran a ellos mismos y a sus víctimas. “Los protagonistas se sentían seguros explorando sus recuerdos y sentimientos más profundos; y su humor más negro. Yo me sentía seguro desafiándolos continuamente sobre lo que hicieron, sin miedo de que me arrestaran o me golpearan”.

“He desarrollado una técnica de rodaje con la que he intentado comprender por qué la extrema violencia, que muchos consideramos impensable, no solo es posible, sino que se ejerce rutinariamente. He intentado comprender el vacío ético que hace posible que los responsables del genocidio sean homenajeados en la televisión pública con vítores y sonrisas -dice el director-. Asimismo intentamos arrojar luz sobre uno de los capítulos más oscuros en la historia humana, tanto local como global; y expresar los costes reales de la ceguera, el oportunismo y la incapacidad para controlar la codicia y el ansia de poder en una sociedad mundial cada vez más unificada. Finalmente ésta no es una historia sobre Indonesia, es una historia sobre todos nosotros”.

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