Martin Luther King: un laudable activista tan negro como rojo

El Camarada Martin
El Camarada Martin

(Un post redactado con informaciones extractadas de CNN México y de un artículo del profesor Vicenç Navarro)

¿El reverendo Martin Luther King Jr. como enemigo público número uno? Bueno, hace 50 años, casi fue así.

Mientras Estados Unidos celebra el 50 aniversario de la Marcha de 1963 en Washington y el aniversario del discurso “I Have a Dream” de King —que presumiblemente es uno de los discursos más importantes del siglo XX—, pocas personas recuerdan que el histórico líder de los derechos civiles también estuvo sujeto a la vigilancia intensa del FBI de J. Edgar Hoover.

Las técnicas de Hoover eran primitivas pero eficaces: ponía micrófonos en habitaciones de hoteles, examinaba la basura para encontrar recibos reveladores o ponía atención a los socios cercanos en busca de detalles.

En ese entonces, el intervenir el teléfono de alguien sin contar con una orden, la versión de la vigilancia de alta tecnología de la década de 1960, se consideraba un tabú y actualmente se condena como uno de los excesos de la época. Esos eran los viejos tiempos en los que las corporaciones de seguridad tenían demasiado poder y los ciudadanos comunes tenían menos derechos.

Pero ahora, después de una serie de revelaciones acerca del alcance generalizado de las capacidades de espionaje del gobierno, es momento de preguntarnos si la vigilancia del gobierno de alguna forma está repitiendo el ciclo.

La semana pasada, entrevisté al director saliente del FBI, Robert Mueller, quien realiza el mismo trabajo que Hoover llevaba a cabo con puño de hierro en la década de 1960. Mueller dijo que la postura del país respecto a la vigilancia ha cambiado desde los días en los que el gobierno espiaba a King.

Mueller agregó que durante su dirigencia del FBI las investigaciones relacionadas con los derechos civiles tenían prioridad.

King estuvo bajo la vigilancia de las autoridades, entre ellas el FBI, en los meses y años que antecedieron a su discurso. La vigilancia sobre King en la década de 1960 se concentraba principalmente en la infiltración de los comunistas en su movimiento, de acuerdo con los historiadores.

Sin embargo, cuando King salió de Washington en agosto de 1963, la vigilancia se intensificó, al tiempo que el FBI empezó a considerarlo como “el negro más peligroso” de Estados Unidos.

La intensificación de la vigilancia recibió el 10 de octubre de 1963 la autorización del hermano del presidente, nada más y nada menos que el secretario de Justicia de Estados Unidos, Robert F. Kennedy. El menor de los Kennedy temía que King tuviera lazos con los principales miembros del Partido Comunista Estadounidense. Irónicamente, cinco años más tarde, tanto King como Bobby Kennedy serían asesinados con meses de diferencia.

La vigilancia se centraba en la vida privada de King, tanto en lo bueno como en lo malo. El biógrafo ganador del premio Pulitzer, David Garrow, relató meticulosamente los detalles del día a día, y a veces, minuto a minuto, de la vida de King; dichos detalles lo muestran como una personas intensamente autocrítica.

Garrow dijo a CNN en 2008 que las cintas secretas de audio que el FBI había compilado mostraban que King creía realmente que estaba vivo para servir a los demás y “no era un hombre con el gusto egoísta de ser realmente famoso”.

Las revelaciones más recientes que involucran a la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés) muestran que el gobierno puede husmear en los momentos íntimos de los estadounidenses comunes.

Y ya ha ocurrido antes. En su libro de 2008 acerca de la NSA, The Shadow Factory, el escritor James Bamford escribió acerca de una empleada de la NSA llamada Adrienne Kinne, a quien en el libro se cita porque dijo que había tomado la decisión personal de borrar las comunicaciones íntimas de unos estadounidenses que vivían en el extranjero y en Estados Unidos que se habían interceptado.

“Muchas veces sólo las borraba. Lo hacía solo porque no me sentía cómoda al dejarlas en el sistema y no las dejaba… Muchas veces podías notar que estaban llamando a su familia, despertándolos a media noche por la diferencia de horario. Por eso hablaban en voz baja y suave, su familiar estaba medio dormido, eran conversaciones increíblemente íntimas y personales, y simplemente no daba crédito a que las estuvieran grabando, para empezar no tengo idea de por qué habrían de hacerlo”.

En un artículo que se publicó en el diario The Wall Street Journal, se afirmó que las autoridades de la NSA en varias ocasiones “canalizaron el enorme poder de espionaje de su agencia para espiar sus intereses románticos”.

Así que tal vez si un tipo como J. Edgar Hoover tenía acceso a una herramienta como la NSA, habría sido difícil resistirse a usarla de forma que le pareciera conveniente. Incluso en contra de un héroe de los derechos civiles.

Lo cierto es que a raíz del cincuenta aniversario de la Marcha de Washington, donde el Reverendo Martin Luther King dio su famoso discurso “Yo tengo un sueño” (“I Have a Dream”), se han escrito muchos reportajes, tanto en EEUU como en España, sobre aquella marcha y sobre Martin Luther King, refiriéndose a este último como una figura inspiracional que, actuando como la conciencia de la nación estadounidense, exigió a aquella sociedad el fin de la discriminación contra la población negra, de origen africano. Es difícil ver u oír aquel discurso sin conectar con su causa.

Como ya se sabe, esta imagen inspiracional de Martin Luther King se ha construido a costa de olvidar y hacer olvidar a otro Martin Luther King, el Martin Luther King real, que veía esta discriminación como resultado de unas relaciones de poder basadas en una explotación, no solo de raza, sino también de clase social. Se ha silenciado que Martin Luther King (a partir de ahora MLK) fue un socialista que, sin lugar a dudas, hubiera sido muy crítico con las sucesivas políticas, tanto domésticas como internacionales, llevadas a cabo durante todos estos años por los gobiernos federales, incluyendo la Administración Obama.

MLK estuvo en contra de la guerra del Vietnam, como hubiera estado en contra de las guerras de Irak y Afganistán, y no solo por su pacifismo, sino también por su antimilitarismo y antiimperialismo. Definió al gobierno de EEUU como “el máximo agente de violencia hoy en el mundo… gastándose más en los instrumentos de muerte y destrucción que en programas sociales vitales para las clases populares del país”. Era profundamente anticapitalista, como consta en su discurso de que “deberíamos denunciar a aquellos que se resisten a perder sus privilegios y placeres que vienen junto a los beneficios adquiridos de sus inversiones, extrayendo su riqueza a través de la explotación”.

Y en 1967 condenó con toda contundencia los tres diablos que –a su parecer- “caracterizaban al sistema de poder estadounidense, a saber, el racismo, la explotación económica y el militarismo”, acentuando que “las mismas fuerzas que consiguen enormes beneficios a través de las guerras son las responsables de la enorme pobreza en nuestro país” (todas estas notas proceden del excelente artículo de Michael Parenti “I Have a Dream, a Blurred Vision”, 29.08.13).

Y su último discurso, en apoyo de las reivindicaciones de los trabajadores de los servicios de saneamiento que estaban en huelga, concluyó con la famosa frase de que “la lucha central en EEUU es la lucha de clases”. Dos semanas más tarde fue asesinado, sin que nunca se haya aclarado tal hecho. Una persona fugitiva de la cárcel de Missouri, James Earl Ray, fue acusado de asesinarle. Fue detenido en el aeropuerto de Heathrow, en Londres, con gran cantidad de dinero en su posesión. Nunca se aclaró quién dio ese dinero.

Una cosa es que MLK fuera la conciencia de EEUU, exigiendo que no se discriminara a los negros, petición con un fuerte contenido moral al cual era difícil oponerse. Pero otra cosa muy distinta y amenazante para la estructura de poder era subrayar que el origen de la pobreza y discriminación (que incluye también a amplios sectores de la clase trabajadora blanca, además de la negra, pues la mayoría de pobres en EEUU son blancos) requiera un cambio revolucionario (por muy no violento que sea) de las estructuras capitalistas de aquel país. Y la elección del Presidente Obama prueba, precisamente, la certeza del diagnóstico de MLK. Hoy el Presidente de EEUU es un afroamericano, lo cual, no hay ninguna duda, es un gran adelanto. Pero la pobreza entre negros (y entre blancos) en EEUU no ha cambiado desde entonces.

De ahí la enorme hostilidad del establishment estadounidense, del cual la Policía Federal, FBI, fue un elemento clave, dirigida por una de las figuras más nefastas de la historia de EEUU, J. Edgar Hoover (definido por el famoso periodista Russell Baker, del New York Times, como un “tirano patético”) que había intentado convencer al Fiscal General del Estado Federal, Robert Kennedy, “de que el cerebro de los negros era un veinticinco por ciento más pequeño que el de los blancos”. Era cercano políticamente al senador segregacionista de Carolina del Sur, Strom Thurmond, e intentó por todos los medios desacreditar al movimiento antisegregacionista y a sus dirigentes, gran número de los cuales eran socialistas y comunistas. En realidad, fueron los sindicatos, y muy particularmente, el sindicato del automóvil, el UAW (United Automobile Workers) los que financiaron en gran parte tal marcha. Y a la izquierda de MLK en la marcha estaba Walter Reuther, su secretario general, socialista y blanco. Una tercera parte del cuarto de millón en la marcha de Washington eran blancos, gran número de ellos sindicalistas y miembros de partidos de izquierda. El eslogan de la marcha era “libertad, justicia y trabajo”. Y el organizador de la marcha, Asa Philip Randolph, era el sindicalista afroamericano más conocido en EEUU, dirigente del sindicato ferroviario (Paul Le Blanc, “Revolutionary Road, Partial Victory. The March on Washington for Jobs and Freedom”, Monthly Review, Sept 2013).

Y cuando el Presidente Kennedy, a instancias de Hoover, jefe del FBI, puso como condición para que él apoyara la marcha, que despidiera del liderazgo a aquellos radicales que estaban en puestos de dirección, MLK se negó. La presión de la calle era tal que el Presidente Kennedy decidió a última hora apoyar la marcha, recibiendo a MLK en la Casa Blanca. Y el obispo católico de Washington, Patrick O’Boyle, amenazó con no participar en la marcha a no ser que los discursos (que se habían distribuido con antelación) se moderaran.

En 1986, el día del nacimiento de MLK fue declarado fiesta nacional cada año. Pero en esta captura de la imagen popular de MLK se ha transformado deliberadamente su mensaje y figura para reciclarlo como una figura inspiracional, conciencia del país, a favor de los derechos civiles de la población afroamericana (con especial hincapié en su poder de votar), olvidándose deliberadamente del MLK real, que pidió un cambio profundo, no solo en las relaciones de raza, sino también de clase social. De esto último ni se habla.

Ya en 1988 también un hombre de color como Jesse Jackson no se presentaría como la conciencia de EEUU o la voz de los negros, sino como la voz de la clase trabajadora de EEUU. Y cuando los medios le preguntaron cómo él –negro- obtendría el voto del trabajador blanco, contestó: “haciéndole ver que tiene más en común con un obrero negro, por ser obrero, que con su patrón (boss) porque sea blanco”. Cuando se suman todos los colores (negro, blanco, amarillo, gris, etc.) la clase trabajadora de EEUU es la mayoría de la población. En un discurso de clase, movilizó las bases del Partido Demócrata (que están más a la izquierda que su dirección), y consiguió el 40% de todos los delegados en el congreso del Partido Demócrata. Nunca antes, ni después, las izquierdas en EEUU tuvieron tanto poder desde los años 50. Y The New York Times escribió un editorial muy negativo diciendo que Jesse Jackson, en caso de ser elegido, destruiría EEUU, es decir, su(s) EEUU.

La lección de esta situación es clara. La estructura de poder deriva su enorme influencia de su poder de clase (así como género y raza). Y no permite que se toque ese poder, derivando las legítimas demandas de fin de discriminación de género y raza, reciclándolas (incluyendo elementos de tales grupos discriminados dentro de la estructura de poder) para poder adaptarlos a la estructura social dominante. Existe hoy un Presidente afroamericano y una clase media negra que no existían antes, lo cual es motivo de celebración. Pero el estándar de vida de la mayoría de negros y blancos (pertenecientes a la clase trabajadora) no ha mejorado durante todo este periodo. Así de claro.

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