m.r.

(Dedicado a mi amiga Mercedes Ridocci)

 

Cuando la Merced adopta la forma de un pájaro de fuego,

parece como si la lumbre de la esperanza

iluminara con timidez decisiva

la valentía más discreta.

 

Me complace nadar en lava femenina que riega amor eterno

entre humanos como ángeles.

Disfruto la contemplación del éxtasis

en brazos que desnudan y piernas que tejen las blancuras y las sombras de motricidades incansables.

 

Para bailar dormido, la luna es traviesa jugando con soles a escondite furtivo.

Y yo danzo despierto ante los ojos mercedianos de plumas inextinguibles entre llamas de agua y rosas.

Cuando descanso frente a las sombras sobre paredes vivientes, la expresión se hace organismo claroscuro,

de realidad arterial, de latidos ígneos,

de tifones de perfume de oro líquido y plata de regadío.

 

Ridocciana apelación en bosques junto a ríos de inquietas ondinas,

himnos de sangre emisora de rayos de calor duradero.

 

¿Quién sobre el escenario pinta la vida delante de los focos?

La aparición, siempre la aparición de divinidad humana, de humanidad de diosa,

de paso seguro sobre tierra mojada, fresca y dadora de sueños hechos viva piedra en un cosmos peculiar.

 

¡Formidable prodigio de corporal paisaje!

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