territorio araucano

 

El colonialismo es sombra y luz.

María Emilia Tijoux, experta en asuntos indígenas de la Universidad Católica de Chile, y muchos otros en ese país sudamericano, resaltan el hecho de que los mapuches son los únicos pobladores de Chile cuya situación empeoró con la emancipación de la nación.

“Los españoles no pudieron conquistar a los mapuches e incluso les entregaron tierras”, afirma la especialista. “Sus problemas comenzaron con la independencia, cuando les empezaron a quitar sus propiedades ancestrales”, afirmó hace tres años, con motivo del Bicentenario de la Independencia de Chile, la señora Tijoux, y podría seguir manteniendo tal argumento con vistas al ya inminente 12 de octubre de 2013.

La situación de este pueblo originario empeoró durante el último siglo, en particular durante la década de los ‘80, cuando empresas forestales ocuparon sus terrenos.

Con el regreso de la “democracia” (tan ficticia como la española, vgr.) en la década del ’90, comenzó lo que muchos en Chile denominan “el conflicto mapuche”, después de que fracasaran los acuerdos con el gobierno de la Concertación y se acentuase el legítimo reclamo de los indígenas.

Ahora, más de 36 meses después de los 200 años de independencia chilena, y transcurridos 521 desde el descubrimiento oficial de América, el enfrentamiento entre los mapuches y las autoridades pareciera haber alcanzado su momento de mayor tensión.

Una treintena de prisioneros mapuches llegaron a  dejar de comer en el pasado reciente, pues se opusieron a ser procesados bajo la llamada ley antiterrorista, una norma concebida para el endurecimiento sus penas y para juzgarlos bajo el Código de Justicia Militar.

Víctor Alonqueo Boudon, que trabaja con comunidades mapuches, declaraba ante la prensa en septiembre del año 2010 que el reclamo indígena es el único movimiento social al que se le aplica la ley antiterrorista.

En igual sentido se expresó Tijoux, quien confió en que las conmemoraciones históricas permitirían abordar la situación de un pueblo que, según cifras extraoficiales, representa casi el 10% de la población.

Hace algo más de dos días, sin ir más atrás en el tiempo, mapuches de Temucuicui eran desalojados sin miramientos por Fuerzas Especiales de Carabineros de Chile, en la región araucana, lo cual supone un nuevo atropello cometido contra la dignidad y las propiedades de un pueblo que vive en estos momentos la prepotencia neoliberal y neofascista del Gobierno de Sebastián Piñera, uno de los peores elementos de la Latinoamérica contemporánea.

Es muy curioso, por otra parte, y sin que se cambie sustancialmente de tema, que en 2011 tuviese yo por casualidad noticia de un texto publicado en un medio digital administrado únicamente por mapuches. Se trata de una epístola que constituía un alegato contra la hipocresía de chilenos y no chilenos, así como de la de argentinos y no argentinos, acerca de la historia de la invasión española y las luchas de los colonialistas blancos para intentar conseguir el sometimiento total de la Araucanía. Obviamente, no se gestaron la conquista y la ocupación de América sino sobre la base de la búsqueda exhaustiva de mano de obra barata y del deseo, casi de una necesidad, de controlar recursos naturales en los albores del modo de producción capitalista en el Viejo Mundo, el europeo.

Pero una cosa son los abusos, las crueldades, los excesos en el empleo de la violencia militar, los crucifijos y los arcabuces “hermanados”, etc. y otra muy distinta es la existencia de una política de genocidio impulsada por la Corona castellana, tanto en el continente americano como en las islas del Caribe. Esto último ciertamente no ocurrió, así está documentado, y, por supuesto, no convenía a quienes querían dominar, no exterminar. De ahí que tras la catastrófica caída demográfica del siglo XVI, que se extendería a la primera mitad de la centuria siguiente, la recuperación de las poblaciones originarias del Nuevo Mundo fuera lenta, pero imparable. Virus, bacterias, hongos y parásitos fueron indeseablemente (al menos, en el caso español) devastadores, al igual que fue especialmente destructiva en territorio europeo la propagación involuntaria de la peste negra, cuyo origen, según se asegura, fue el Asia central.

La prueba de que estas explicaciones no buscan defender atrocidades, barbaridades e injusticias inherentes a los procesos colonizadores históricos es que en Filipinas, conquistadas en  la segunda mitad del siglo XVI por los mismos (y con los mismos medios y métodos) que hicieron lo propio en América, no hubo ese descenso demográfico (por ventajas inmunológicas adquiridas por los nativos de aquel archipiélago) y, además, la población aborigen, lejos de de decrecer, se incrementó y prosperó considerablemente. No olvidemos que, por ejemplo, muchos años antes de la llegada de Pizarro y sus hombres al área incaica, la viruela, un mal no autóctono, ya había empezado a causar estragos entre gentes que no estaban preparadas para resistir ese impacto epidemiológico. Otro tanto cabe decir de lo ocurrido, como en el Tahuantinsuyo, en Norteamérica, por la propagación rápida de las enfermedades infecciosas contra las cuales los nativos aún no habían podido desarrollar defensas.

Nadie es responsable de las maldades y fechorías de sus antepasados, como no es heredero de los méritos de sus ancestros, mas el objetivo principal de esta entrada bloguera que redacto es denunciar que el peor calvario de los denominados (sin estricto apego al lenguaje antropológico) amerindios comienza, salvo muy pocas excepciones, con los primeros pasos de las Repúblicas independientes criollas de Hispanoamérica. Y todavía, en ese sentido, sobra decir que hay demasiados suspensos en exámenes de derechos humanos.

Volvamos ahora al tema de la carta escrita por el mapuche del que hemos hecho mención unos párrafos más arriba. Cada cual sacará sus propias conclusiones; puede quedarse estupefacto, o sorprendido a secas, pero los marxistas (o aspirantes a serlo), más que nadie, no debemos nunca anteponer prejuicios a la verdad histórica alcanzada desde el rigor científico y el contraste de datos que nos faciliten un análisis, una comprensión de los hechos y una valoración de los mismos acordes con nuestro deber de criticar realidades precisas.

Éste es, pues, el relato que cierra mi post y que abrirá polémicas y reflexiones varias, a causa de todo o parte de su contenido:

Carta de un mapuche a España:

Aconteció en Madrid el año 2009, en un foro sobre la lucha indí­gena en América Latina donde fui invitado a exponer en mi calidad de periodista. Yo aquí­, como Mapuche, les pido disculpas porque lo mejor que tení­an ustedes, lo mejor de vuestra juventud, fue a morir a nuestro territorio. Y fueron a morir en una guerra imperial que probablemente no buscaron ellos ni mucho menos nuestros ancestros. Nuestro territorio fue el cementerio español en América y por ello, acepten mis disculpas, que siempre engrandecen a quien las da y ennoblecen a quien las acepta, fue lo que dije a los españoles al iniciar mi conferencia. Demás está contarles que el silencio y las caras de sorpresa fueron totales. Tanto entre los españoles asistentes al foro -que no podí­an creer lo que sus oí­dos escuchaban- como en la mayorí­a de mis colegas expositores, en su mayorí­a comunicadores indí­genas de Centroamérica que poco y nada parecí­an entender mi emotiva conversión proespañola y, sobre todo, monárquica.

Siempre cuento esta anécdota madrileña cuando expongo del tema mapuche. Y lo hago porque me permite ahorrar cuando menos dos o tres siglos de latoso recuento histórico. Y es que como algunos ya lo sospechan, nuestra fatalidad histórica como pueblo poco y nada tiene que ver con el Rey de España. No es malo recordarlo, sobre todo un 12 de Octubre, cuando la cercaní­a de los árboles impide a tantos ver el bosque.

Lo reafirmo hoy en esta tribuna: lo acontecido con mi pueblo bastante poca relación tiene con el bendito 12 de Octubre. Muy poco que ver con la Corona y si mucho con las Repúblicas. Muy poco que ver con los españoles y sí­ mucho con la historia no contada de los pueblos chileno y argentino. Dejemos por tanto descansar en paz a Cristobal Colón, Francisco Pizarro y el crédito local, Pedrito de Valdivia. Pocos saben -y básicamente porque a nadie se le enseña en la escuela- que los mapuches casi nada perdimos con España. Hasta podrí­a decir que ganamos. Sí­, ganamos el arte de la caballerí­a, los textiles, la platerí­a y una lengua castellana casi tan hermosa como la nuestra. Es cierto, se trató en los inicios de una guerra. De una cruenta y dolorosa guerra de anexión colonial. Pero la muerte de tres Gobernadores al sur del Biobí­o fueron más que suficientes. Sobrevino entonces la diplomacia de las armas y con ella florecieron en La Frontera el comercio, las artes, la ciencia y la Polí­tica. Así­ como lo lee, la Polí­tica, con mayúscula, que aquello eran precisamente los Parlamentos.

No viene mal recordar, sobre todo en esta fecha, que los mapuches perdimos nuestra independencia no precisamente a manos de los ancestros del Rey Juan Carlos. Fue hace no mucho tiempo, poco más de un siglo, después que Bolivia perdió el mar ante Chile en la llamada Guerra del Pací­ficoâ, sin ir más lejos. Aconteció entre los años 1880 y 1886, con presupuestos aprobados en los Congresos chileno y argentino, tras âdemocrático debate impulsado por lo más selecto de la elite dirigencial de ambas repúblicas. Si transcurrido más de un siglo la demanda marí­tima boliviana sigue estando tan presente en la población altiplánica, ¿se imaginan cómo será para nosotros la añoranza de aquel territorio propio, de aquel hogar nacional saqueado por chilenos y argentinos a punta de quemas de sembradí­os, robo de animales y cantidades industriales de chupilca del diablo? Si fueran mapuches como yo o como mi abuelo ¿cómo creen se sentirí­an al respecto?

Estimado lector, estimada lectora: que no le sigan pasando en octubre gato por liebre. El conflicto actual no tiene 500 años como insisten autoridades y uno que otro periodista despistado. A lo más, 130 años. De hecho, está de cumpleaños muy pronto, el próximo 4 de noviembre, fecha en que se conmemora el último Malón General acontecido en el valle de Temuco el año 1881. Allí­ se enfrentó el ejército mapuche contra las fuerzas militares comandadas por Gregorio Urrutia, dicho sea de paso, condecorado oficial chileno de la Guerra del Pací­fico. Aquella batalla constituyó la derrota definitiva de nuestro pueblo. Ello al menos en este lado de la cordillera.

Al otro lado, en Puelmapu, la tierra mapuche del este, las escaramuzas se prolongarí­an hasta bien entrado 1886, año de la rendición del lonko Sayweke ante las fuerzas militares argentinas en Juní­n de los Andes. Cuesta entenderlo de buenas a primeras, pero gran parte del conflicto mapuche actual es consecuencia directa de esta historia que les relato. Lo repiten y hasta el cansancio los lonkos en Ercilla, Lleu Lleu, Makewe y Lumaco, hijos, nietos y bisnietos de aquellos weichafes caí­dos en la batalla de Temuco. Pero al otro lado nadie los escucha. Mucho mejor negocio culpar a los conquistadores y su barbaridad legendaria. No esperen que resolvamos en cuatro años un problema que se arrastra por más de quinientos, escuché decir una vez desde La Moneda. Hay que ser muy caradura. Mis disculpas nuevamente a España.”

(Fuentes más consultadas: BBC Mundo, El Dínamo y Mapuche-nation.org)

libertad para el pueblo mapuche

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