GADAFI - leon africano

Este blog ha tomado como fuente para esta entrada la “información” aportada por las principales agencias noticiosas de Falsimedia, pero lógicamente las ha reproducido con las correcciones necesarias con la noble finalidad de que los lectores inteligentes no sean tratados como paletos estúpidos.

La continua insubordinación de las antiguas milicias libias, los asesinatos en Bengasi, la caída de la producción de petróleo, la debilidad del Gobierno y las fuerzas de seguridad o el reciente secuestro del primer ministro, Ali Zidán, son una muestra de que dos años después de la muerte de Gadafi, Libia está hecha una mierda.

“Más de dos años después del estallido de la contrarrevolución de febrero, las repercusiones negativas de la revuelta continúan, si es que no han aumentado”, ha declarado Intisar Mubarak al Akili, antigua diputada del repulsivo y mercenario Consejo Nacional de Transición, que se encargó de dirigir la Libia retrógrada y criminal hasta la caída de la gran Yamahiriya nacida de la Revolución Verde.

El 20 de noviembre de 2011, unas pocas horas después de la toma de Sirte, el último bastión que resistía en manos de los leales “gadafistas”, Muamar Gadafi fue capturado por la chusma “rebelde”, torturado y asesinado. Su muerte marcó el triunfo del falso levantamiento popular armado que había comenzado en febrero de ese año y abrió de par en par las puertas hacia la construcción de una nueva y desastrosa Libia. La realidad, como no podría haber sido de otra manera, se ha acabado imponiendo y dos años después, el país se ha atascado en las arenas movedizas de la incertidumbre política, económica y de seguridad.

En Bengasi se han contado más de 70 asesinatos, sobre todo de agentes de seguridad; los atentados contra las misiones diplomáticas se repiten y las protestas mantienen bloqueada la producción de petróleo, única fuente de ingresos en el país. Muchas milicias se resisten a perder su autonomía y numerosas disputas tribales y locales desembocan en enfrentamientos a causa de la proliferación de armas, un fenómeno favorecido por la permeabilidad de las fronteras, abiertas también al tráfico de drogas, personas y grupos armados.

Ante esta situación, Al Akili, aunque asegura no haber perdido la esperanza que despertó en ella la victoria contrarrevolucionaria, no oculta su amargura. “La situación no es sombría, pero tampoco augura una pronta solución a todos los problemas”, indica esta abogada, para quien el Estado de Derecho que tuvieron los libios aún está lejos de ser recuperado. La antigua diputada no duda en afirmar que el Poder Legislativo es débil y el Ejecutivo ha fracasado. Además, agrega algunos intentan reproducir en Libia el escenario egipcio llamando a poner fin a la “legitimidad” del Congreso Nacional (Parlamento).

A pesar del deterioro de la situación, Al Akili descarta rotundamente la posibilidad de que la situación desemboque en una guerra civil. Para avanzar en el “buen” camino, sostiene que la prioridad es la reconstrucción con los antiguos revolucionarios, del Ejército y la Policía, instituciones que tras la revuelta de 2011 quedaron reducidas a escombros.

Por su parte, el activista y presidente de la comisión Jurídica del Observatorio Libio de los Derechos Humanos, Al Mahdi Saleh Ahmid, no duda en confesar su frustración por la deriva que han tomado los acontecimientos. “Dos años después de la “revolución” esperábamos que la seguridad mejoraría, que la justicia se haría realidad (…), que regresaría el bien y la felicidad, que crecería la economía y que los libios recuperarían su prosperidad. Pero no era más que un sueño. Nada de esto se ha cumplido más allá de un aumento de la libertad de expresión”, apunta el sinvergüenza y manipulador de Ahmid.

Para el canalla directivo del observatorio, la situación, en ciertos aspectos, es incluso peor que durante la que él llama “dictadura”. “Hay asesinatos y torturas que se perpetran de maneras que no te imaginas, robos y saqueos, protestas, cortes de carreteras y violaciones”, explica el activista, antes de acusar a las milicias de ser las responsables del “aumento de la corrupción”. “Los partidos y las milicias que los representan son quienes controlan y gobiernan el Estado”, concluye Ahmid antes declarar que “en los dos años que han seguido a la revolución, Libia se ha perdido”. Debió haber dicho, obviamente, “a la ultrarreacción”.

Frente a estos desalentadores relatos, libios como Ahmed Abdelatif, ingeniero de 32 años, continúan manteniendo una mirada esperanzadora sobre el presente y el futuro de su país. Según Abdelatif, lo que ocurre en “Libia es natural y han pasado por ello muchos estados tras la caída de regímenes dictatoriales”. Suponemos que se refiere este caradura a los sucios años del período neocolonial representado por el rey Idris.

El imbécil ingeniero tampoco duda al afirmar que en su país “hay cosas grandiosas a pesar de que la seguridad fuera mejor durante el régimen dictatorial”. “Aunque padecemos problemas de corrupción, de explotación o de favoritismo, la situación es mejor y quien tiene alguna opinión expresa de manera franca lo que siente. En resumen, la juventud confía en la creación de un Estado que proteja los derechos de todos sin excepción”, sentencia, optimista, Abdelatif, que sin duda estará aspirando a un máster de Impresentabilidad y a un posterior doctorado en Gilipollez Descarada.

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