expresión de angustia

Próxima está la Data del Deceso. Y yo me he escapado del mundo orgánico para observar los pasos de los difuntos desde mi propia consciencia, hoy adormecida.

Huyo como un loco de ese útero que me persigue, que me engulle, que quiere hacerme suyo, inclusive tras la expulsión del claustro materno que me obligó a ser cuando yo no era ni siquiera nada.

Miro hacia un firmamento sepultado bajo escombros, en mundos que tapan desesperados inframundos que se independizan de nuestra turbia imaginación. Y todos, como una sola aglomeración de neuronas somos dioses vivientes entre muertos que respiran a partir de nuestra incontenible necesidad de crear destruyendo.

Voy ciego entre árboles enterrados y cuevas expulsadas a la luz de la anestesia. Mi dolor es mudo, ahogado alarido entre huesos que no alojan alma sino miedos, superaciones, ataduras al pasado, congoja del tiempo presente encadenada a un futuro entre llamas o entre nubes.

Y la Memoria inhala humo de palabras sin autonomía, petrificación de un nombre que será conservado por algunos instantes en el libro sin páginas de quienes me hayan conocido. Conocimiento sobre aguas, superficial roce entre diálogos sin piel, rencores fundados e infundados, amores que no habrán existido, odios incrustados en algunos muros de consistente indiferencia.

Quizá el Día de la Vida no es el día a día. Ni siquiera el minuto a minuto, ni el resbaladizo segundo que no acaba de nacer, que no acaba de esfumarse en densidades imposibles de delimitar durante un soplo.

Sí, es muy probable que el tiempo haya modelado sólo una sombra en mis ojos apagados, cerrados porque no tronchan misterios. Abiertos porque no quieren saber que son mirados por nadie.

Ningún día llegó cuando el momento de sostener las alas no viajó hasta encerrarse en los reinicios incontrolables.

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