sísifo

Dormido frente a un techo de estrellas negras, diviso una montaña de hojas que cercenan con fuego las plantas de los pies del que cumple su condena. Me duele pensar, me duele mirarme en los cristales esparcidos en los cráteres de la conciencia amnésica, terriblemente sacudida por sueños interceptados por palabras que horadan almas.

Agotado por el odio a una existencia diurna amenazada por la noche que regresa cada segundo, el humano rasca su corazón, hurgando en la miseria indigna de su condición de esclavo. La penitencia es pasaporte a libertades hipotecadas que tributan plegarias a dioses inexorables.

Después de un beso de alivio, vamos a vagar por los pozos excavados en el pecho, a la búsqueda incesante de nubes que cortan sed y de pájaros que alimentan las rodillas descarnadas. Pasa el minutero como rodando hacia arriba, sin sur bajo sus pasos, sin norte sobre un más allá medio imaginado.

Antes de conocer el color del aire, grutas gaseadas por la espera de los flujos llegaron a calentar el silencio del que esperaba sin impaciencia las luces del barro en formación. ¿Cuál es el precio de un suicidio de quelonio, tras un esfuerzo demasiado racional como para hallar sinsentidos inútilmente silogísticos? ¡Cuán infructuoso es tratar de abrirse paso en galerías rocosas desintegrables por las lágrimas de bilis!

Indefinida astucia, justicia sin proporciones, belleza extirpada con bisturí de perpetuidades. Nos duele terminar sin haber comenzado la partida de irremediables. Empezar los paraísos imperfectos condúcenos a conclusiones de naderías reventadas contra el tiempo.

Aquella mañana absurda aprendimos que gozar duele en el pasaje del valor devaluado.

Lección magistral de la Muerte grabada es sobre el fuego de un proyecto que desciende mientras persigue algún Algo intrascendente.

¡No hay glorias para el recluso en su propia cárcel de insoportables respuestas!

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