Kim Il-sung

El mes de agosto pasado, por motivos meramente personales, estuve muy alejado de la Internet y no rendí a la República Democrática Popular de Corea el homenaje que merecía y aún merece por el sexagésimo aniversario de su victoria antiimperialista. Sabemos que la llamada en casi cualquier sitio “Guerra de Corea” fue un episodio de resistencia socialista frente a fuerzas destructivas de unos Estados Unidos envalentonados con su rol hegemonista consolidado tras la Segunda Guerra Mundial.

El pueblo norcoreano sufrió una agresión fácilmente tildable de genocida y Washington, a día de hoy, no ha firmado un Tratado de Paz con Pyongyang, cuyo “régimen” ha demostrado por décadas, con muchas adversidades y campañas difamatorias de por medio, ser un modelo de justicia social y solidaridad internacionalista que apenas tiene parangón en Asia y, por supuesto, en casi todo el planeta.

El veterano cineasta, novelista y periodista de investigación André Vltchek publicó en Counterpunch hace cuatro meses un relato (no ficticio) titulado “Ocho días en “el país del mal””, con motivo, precisamente, de la celebración norcoreana de lo acontecido finalmente en 1953. Germán Leyens tradujo para Rebelion.org el texto que dejo reproducido en esta entrada, como muestra de que más vale tarde que nunca, pues Corea Popular debe ser siempre mostrada tal como es y no como gustan de mostrarla los numerosos enemigos suyos que aborrecen la sola idea de que el mundo no siga siendo básicamente dantesco.

Mientras el avión –un Tupolev 204 construido en Rusia– despegaba del Aeropuerto de Pyongyang, no sentí nada, absolutamente nada. La neblina matinal primero cubría la pista y luego comenzó a levantar. Los motores rugían. Poco después del despegue pude distinguir claramente bajo el ala campos verdes, aldeas limpias y cintas de amplios y tranquilos ríos. Sin duda era una vista hermosa: melancólica, poética y verdaderamente dramática. Y, sin embargo, estaba insensible, no sentí nada, absolutamente nada.

Las pantallas transmitían interminables imágenes de un desfile tras otro, de interminables celebraciones y rimbombantes conciertos. El volumen era fuerte, mujeres y hombres en la pantalla cantaban con entusiasmo, los soldados desfilaban; estruendosos jets y helicópteros surcaban el cielo azul. El conductor agitaba las manos. La multitud de pie aplaudía. Las emociones se llevaban al paroxismo; había lágrimas en los ojos de la gente y un orgullo omnipresente en sus caras.

De repente me sentí vacío, algo me asustaba.

Después de ver más de 150 países de todo el mundo, después de cubrir guerras y conflictos, algunos de inimaginable intensidad y brutalidad, repentinamente ansiaba un descanso, incluso el silencio total.

Hace 60 años Corea del Norte (RDPC) ganó la guerra. Pero murieron unos 4 millones de personas, muchas de ellas civiles. Tal vez fueron más de 4 millones, nadie lo sabe exactamente. La ciudad capital, Pyongyang, fue totalmente arrasada. Yo no quería oír música sonora y largos discursos. Quería rendir tributo a los que perdieron sus vidas, sentarme silenciosamente a la orilla del río cubierto por la bruma oyendo crecer la hierba. Pero durante los ocho días que estuve en Corea del Norte tuve muy pocos momentos de silencio, casi ninguna oportunidad de reflexionar.

¿Qué vi en esos días en la RDPC (Corea del Norte)? Vi una enorme ciudad futurista, Pyongyang, la capital, resurgida de sus cenizas. Vi enormes teatros y estadios, un sistema de metro profundo (el transporte público como refugio nuclear en caso de que ataquen la ciudad). Vi trolebuses y buses de dos pisos, amplias avenidas, aceras inimaginablemente anchas, pistas de patinaje y campos de juego para niños.

Había estatuas y monumentos por doquier. El tamaño de algunas avenidas y edificios es simplemente abrumador. Durante más de una década viví en Manhattan, pero esto era de una grandeza muy diferente. Nueva York crecía hacia el cielo, mientras Pyongyang consiste en tremendos espacios abiertos y masivos y eclécticos edificios.

En las afueras de la capital vi campos verdes y agricultores que volvían a casa de lo profundo del campo. Evidentemente, los niños no estaban desnutridos, y, a pesar del embargo, todos vestían decentemente.

Vi plazas repletas de decenas de miles de personas gritando consignas a todo dar. Vi miles de mujeres ataviadas con pintorescos vestidos tradicionales agitando sus banderas y cintas, vitoreando cuando se lo ordenaban, y saludándonos (a los delegados internacionales). Desfilando por la paz a mi lado estaba el ex Fiscal General de EE.UU., Ramsey Clark, y al otro lado el líder de uno de los partidos comunistas indios. Había abogados de los derechos humanos de EE.UU. y de todo el mundo, revolucionarios turcos y, por motivos difíciles de comprender, varios jefes militares de Uganda.

Pero no había ido a desfilar. Fui a filmar y fotografiar, a ver la cara de la gente del lugar, a leer lo que estaba escrito en esas caras, sentir, detectar y tratar de comprender.

En lugar de sonoros vítores, fui a escuchar los murmullos, a la espera de observar expresiones faciales sin pretensiones, pequeñas señales de temor, de alegría, de amor o incluso de confusión existencial.

Occidente, sus responsables políticos y medios de comunicación de masas lograron crear la imagen de una Corea del Norte deshumanizada. Lo hicieron borrando las caras. Durante décadas han presentado a los norcoreanos como habitantes de un imperio monstruoso y eremita donde hombres, mujeres y niños se ven todos iguales, se visten de la misma manera, se comportan como robots, nunca sonríen y no se miran a los ojos.

Antes de ir a ese país, antes de aceptar la invitación, expliqué a los organizadores que no me interesaban los sofisticados fuegos artificiales y los estadios repletos. Quería ver a una madre cuando llevaba a su hijo a la escuela. Ansiaba capturar las caras de los amantes al anochecer sentados en algún banco alejado, murmurándose esas palabras urgentes, esas promesas de hacer que la vida valga la pena; las mismas palabras, las mismas promesas que se dicen en todo el mundo.

Paradójicamente, me sentí desalentado. En vez de eso me pidieron que desfilara. De narrador y contador acostumbrado a documentar el mundo, me convirtieron en un delegado. Y cada vez que la multitud me veía vitoreaba y me sentía embarazado, ansiaba desesperadamente volverme invisible, o por lo menos encontrar algún sitio donde ocultarme. No porque estuviera haciendo algo equivocado, sino simplemente porque no estaba acostumbrado a semejantes estallidos de entusiasmo dirigidos a mi persona.

Y así marché, por la paz y la reunificación de la nación coreana. Y mientras marchaba, filmaba y fotografiaba. Debo haber parecido extraño, tengo que admitirlo: un delegado que filma a un grupo de mujeres vestidas con sus pintorescos vestidos tradicionales, saludándolo con sus cintas de papel y gritando a más no dar.

Pronto descubrí que estaba luchando por cada vistazo a la realidad, a la vida común. En su lugar me habían ofrecido un gran espectáculo.

Me llevaron a esos estadios con 100.000 personas, en los que los niños cambian las posiciones de sus tableros periódicamente y todo su lado de la tribuna se convierte repentinamente en un colorido panel viviente. Estaba presenciando inmensos eventos con miles de bailarines, con fuegos artificiales y múltiples orquestas.

Sin embargo, lo que más me impresionó fue un antiguo y pequeño puente de piedra en Kaesong City, cerca de la zona desmilitarizada. Y la escena alrededor del puente: una niña pequeña, de unos tres años, con un calcetín roto lloraba, mientras su madre acariciaba sus cabellos del modo más tierno y cálido imaginable.

Mis anfitriones parecían no comprender. Les expliqué una y otra vez, pero mis palabras les sonaban demasiado extrañas.

En lo que a ellos respectaba, yo era solo “un escritor, cineasta y periodista famoso”. Necesitaban que mostrara mucho apoyo a su revolución y un respeto profundo por su sufrimiento durante el ataque occidental de hace más de 60 años.

Naturalmente sentí respeto y pesar, pero es todo lo que esperaban que sintiera. Sentí mucho más.

Me enamoré, instantáneamente, del campo norcoreano y de las caras de los agricultores y los habitantes de las ciudades de Corea del Norte. Eran caras puras, honestas y expresivas. ¿Qué podía hacer? El amor es subjetivo; es irracional. El verdor exagerado de los campos, niños jugando a la orilla del camino, soldados volviendo a sus aldeas con un breve permiso, mujeres mirando al sol durante el crepúsculo: era abrumador; amor a primera vista, como dije.

Fotografiaba a través del parabrisas; molestaba a los organizadores pidiendo que se detuvieran en medio de la calle.

Entonces, el 26 de julio, encontré junto a Ramsey Clark y unos pocos delegados, a Yang Hyong Sob, Vicepresidente del Comité Permanente del Comité Supremo del Pueblo. Me pareció una persona muy gentil y me dieron la oportunidad de intercambiar algunas ideas con él. Expliqué que la mejor manera de combatir la propaganda occidental es mostrar al mundo las caras del pueblo norcoreano.

“Es la táctica habitual”, dije. “Muestran a la gente de China, Cuba, Venezuela, Rusia, Irak, Afganistán o Serbia como personas desalmadas, como si fueran androides de plástico. Entonces, en el subconsciente, la compasión por la gente de esas naciones desaparece de los corazones del público occidental. Repentinamente está bien hambrearlos, bombardearlos, asesinar a miles, incluso a millones de esos androides. Pero una vez que ve las caras, el público occidental se confunde; muchos se niegan a apoyar los asesinatos masivos”.

El Vicepresidente asintió. Me sonrió. Cuando nos íbamos, me abrazó fuertemente, y dijo simplemente: “¡Por favor, vuelva!”

Pero incluso después de esa significativa conversación, seguí desfilando. Y las imágenes más simples estaban continuamente fuera de mi alcance. “Solo durante este viaje, ya que estamos celebrando el Sexagésimo Aniversario”, me dijeron. Pero vivía para ese momento, y en ese momento quería trabajar.

Vi la zona desmilitarizada, DMZ, y el puesto fronterizo surcoreano en Panmunjom. Había visitado el mismo lugar dos veces en el pasado, solo desde el otro lado. Se supone que la DMZ es la frontera más fortificada del mundo, ya que las dos Coreas siguen técnicamente en guerra. Los dos ejércitos se enfrentan a regañadientes, armados hasta arriba, mientras las fuerzas de EE.UU. están bajo tierra en algún sitio en el sur.

Sin embargo, la DMZ es como el ojo de la tormenta, ubicada entre todas esas bombas nucleares, tanques y lanzacohetes, silenciosa y en perfecto estado. Los ríos fluyen tranquilamente y los agricultores cultivan ginseng; se dice que es el mejor del mundo.

Obviamente, había expectativas de algunas hostilidades de ambos lados de la línea y no se aceptaba el viaje de visitantes ‘ordinarios’.

Todo era un gran lío, un drama interminable. Una nación dividida; millones de muertos. Lo vi todo en la ciudad de Sinch’on. Los túneles en los que los soldados estadounidenses masacraron a miles de civiles durante la guerra; hablaron viejos veteranos y sobrevivientes de las matanzas recordando esos horrendos eventos.

En 1950, al comienzo de la guerra, en la ciudad de Sinch’on las fuerzas de ocupación de EE.UU. perpetraron una masacre. La cantidad de civiles muertos durante 52 días fue supuestamente de más de 35.000 personas, el equivalente a un cuarto de la población de la ciudad en aquel momento.

Todo parecía horriblemente familiar. Solía fotografiar los cráteres después de los intensos bombardeos de Camboya, Laos y Vietnam. Brutalidad, brutalidad, brutalidad… Millones de víctimas anónimas quemadas vivas por el napalm, ‘bombitas’ que estallan décadas después cuando los niños o los búfalos de agua juegan en los campos.

Ramsey Clark habló de los horrores del pasado y de la brutalidad de las acciones de EE.UU. Un hombre mayor, superviviente de las masacres masivas de civiles en los túneles, habló de los horrores que presenció de niño. Las obras de arte del museo local muestran torturas brutales y violaciones de  mujeres coreanas por soldados estadounidenses, sus cuerpos mutilados, sus pezones horadados con ganchos de metal.

En Occidente el tema sigue siendo casi totalmente tabú. Uno de los principales periodistas del Siglo XX, Wilfred Burchett, incluso perdió su ciudadanía y se convirtió en “enemigo del pueblo australiano”, en parte porque se atrevió a describir los sufrimientos del pueblo norcoreano, unos años después de describir los resultados del bombardeo de Hiroshima en su emblemático reportaje de 1945, “Escribo esto como una advertencia al mundo”.

La banda comienza a tocar otra canción militar. Acerco la cámara a una señora de edad, con su pecho decorado de medallas. Mientras me preparo para apretar el obturador, dos grandes lágrimas comienzan a correr por sus mejillas. Y repentinamente me doy cuenta de que no puedo fotografiarla. Realmente no puedo. Su cara está totalmente arrugada y sin embargo es juvenil e inmensamente tierna. Aquí tengo mi cara, pienso, la cara que estuve buscando todos estos días. Y sin embargo no pude apretar el obturador de mi Leica.

Entonces algo me aprieta la garganta y tengo que buscar en mi bolsa un pañuelo, mientras mis lentes se empañan y por un instante no veo nada. Sollozo sonoramente, sólo una vez. Nadie lo oye gracias a la música de la banda.

Más tarde me acerqué a la mujer, me incliné y ella me devolvió el saludo. Hicimos nuestra paz separada en medio de la ardiente plaza principal. Repentinamente, me sentí feliz de estar allí. Los dos perdimos algo. Ella perdió más. Estoy seguro de que ella perdió por lo menos a la mitad de sus seres queridos en la carnicería de aquellos años. Yo también perdí algo: perdí todo el respeto y sentido de pertenecer a la cultura que sigue dominando el mundo; la cultura que otrora fue mía, pero una cultura que todavía despoja a la gente de sus caras y luego quema sus cuerpos con napalm y llamas.

Es el Sexagésimo Aniversario del Día de la Victoria en la RDPC. Un aniversario marcado con lágrimas, canas, inmensos fuegos artificiales, desfiles y recuerdos de fuego.

Esa tarde, después de volver a la capital, finalmente llegué al río. Estaba cubierto de una suave pero impenetrable niebla. Había unos amantes sentados en la orilla, inmóviles, en silencioso abrazo. El pelo de la mujer caía suavemente sobre el hombro de su amante. Él sostenía la mano de ella respetuosamente. Yo iba a alzar mi gran cámara profesional, pero luego me detuve abruptamente, de repente demasiado temeroso de que lo que mis ojos estaban viendo o mi cerebro imaginando no se reflejaría en el visor de las imágenes.

Norcorea

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