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Castilla y León, con Burgos y Valladolid (“Fachadolid”, dicen algunos) han sido desde hace casi ochenta años feudos destacados de la extrema derecha fascistona española. Grande habrá sido la sorpresa de muchos cuando hace pocos días una gran revuelta popular ha tomado las calles de la ciudad del juramento del Cid como consecuencia de la fuerte, y en aumento, polarización social en un municipio, que no es ni de los más extensos ni de los más poblados de la Península Ibérica, donde los “peces pequeños” de Gamonal,  barrio obrero y marginado por la élite neofranquista local, se niegan a ser engullidos sin el mínimo miramiento por parte de los despilfarradores y especuladores urbanísticos que sólo escuchan a los grupos de presión y a los tanques pensantes que les son indiscutiblemente afines.

Hoy es Burgos, la de la fuerte etiqueta conservadora, así que mañana imagínense lo que podría ser cualquier otro lugar del Estado. No podemos estar seguros de que esto corra y se extiende cual larguísimo reguero de pólvora. Pero tampoco Marx pensó nunca que Rusia fuera pionera de una revolución socialista, y no la tempranamente industrializada Inglaterra.

Todas la tertulias televisivas y radiofónicas están copadas por profesionales (al menos, algunos de ellos) del debate preescrito y bien pagado, los cuales en su práctica totalidad condenan la violencia, minoritaria, dicen, que se ejerce, creo que por quinto día ya, en la capital burgalesa, rincón de la Europa sudoccidental del que habla incluso la gran prensa estadounidense.

El siguiente video puede tenerse por una sencilla anéctota representativa de lo que sucede por la ribera del Arlanzón a causa de todo lo ya explicado y comentado, o puede tenerse por un “saludable síntoma” de que el miedo se combate con lucha en diversos frentes, por muy subversiva que llegue a ser una batalla. Una batalla o la guerra, claro.

 

 

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