elefante y hormiga

Estados Unidos, a lo largo de los últimos veinte años y alguno más, se ha sentido todopoderosa superpotencia única, vencedora indiscutible de una Guerra Fría que tuvo, y todavía tiene, demasiado de caliente y poco de gélida.

La Unión Europea, por su parte, proyecto de construcción de un bloque regional capitalista en extremo, hija de las primeras Comunidades Europeas nacidas al calor de una época y de un mundo en que el modelo de “Estado del Bienestar” se planteaba en Occidente como la alternativa viable al socialismo triunfante en el centro y el este de un viejo continente profundamente dividido en los años no muy posteriores a la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, se aproximaba a la luz en el crucial año de 1992, con la firma del Tratado de Maastricht. Daba inicio una etapa difícil y aun tensa en el contexto de un nuevo orden planetario que surgía tras la desintegración del bloque antiimperialista encabezado por la Unión Soviética. La década de los noventa del siglo XX prometía no un largo y próspero período de paz  y estabilidad generalizadas, sino la unipolaridad impuesta por la expansión globalizadora del capitalismo sin florituras, esto es, del neoliberalismo que no permitía ni permite todavía resto alguno de socialdemocracia o de cualquier forma de rebelión frente a las tropelías de teóricos y prácticos de políticas antisociales hasta la médula.

La Rusia que emergía de las cenizas de un pasado traicionado por burócratas corruptos en connivencia con lo más siniestro de la inteligencia occidental estaba llamada, en principio, a servir ciegamente al nuevo amo mundial, el Imperio norteamericano, el mismo que haría de la UE en poco tiempo un títere alejado de una federación capaz de hacerle sombra, sobre todo económica, al más que nunca endiosado Tío Sam.

No son los golpes de baja intensidad ni las guerras de desgaste unas invenciones cocinadas en mentes paranoides que ven conspiraciones por doquier y en cualquier momento. La Albert Einstein Institution, con la cínica presencia de Gene Sharp y su maquiavélica mentalidad, nos demuestran que la estrategia nazi, hermanada con la yanqui, de idear guiones repetitivos con el propósito de desestabilizar gobiernos progresistas, busca desarticular regímenes y movimientos que desafían los planes usamericanos de extender y afianzar su poder en el globo terráqueo. La voz saqueadora de las grandes transnacionales del mundo desarrollado, aunque en crisis, exige su botín constantemente. Y es ahí donde la Federación Rusa es el duro palo en la rueda del carro de los matones de siempre.

Los tiempos de Gorbachev y Yeltsin fueron arrojados al vertedero de la oscura historia reciente; hoy un coloso (re)emerge y  parece imparable. Pero no hablamos de una amenaza en cierne a la seguridad y la paz mundiales. De todo lo contrario. El capitalismo ruso no es como una especie de Napoleón con “shapka” y bebedor de vodka. No es que sea exactamente encomiable, mas no es imperialista en el sentido político-diplomático ni tiene pinta de querer serlo. Por supuesto, no se permite ganar para sí un destino como el que tuvo la hoy desaparecida Yugoslavia.

El Presidente Putin, más listo y firme en sus decisiones de lo que lo fuera el Jefe de Estado que ahora es Primer Ministro de Ruisa, Medvedev, apuesta con firmeza por su país sobre la base de la consolidación de la soberanía y la independencia, sin ínfulas belicistas, y sin gazmoñería. Al Gigante ruso han querido desarmarlo y arrinconarlo, pero el Kremlin no acepta ser un satélite de USA y sus comparsas europeas. Echar abajo la URSS no salió todo lo bien que sus perpetradores maquinaron.

Ucrania se presenta ante la comunidad internacional como un aspirante patético a convertirse en el peor patio trasero de Moscú. Demasiados millones de dólares, tal como asevera el ex congresista republicano Ron Paul, han sido invertidos para tan innoble causa. La segunda Revolución Naranja volverá a fracasar como lo hizo su predecesora, que ni siquiera cuajó.

Washington y Bruselas utilizan los principales centros de poder y  las más sobresalientes organizaciones internacionales para intentar aislar a Rusia. No lo consigue, y, encima, la pragmática China se abstiene de condenar a la “condenable” nación euroasiática.

Crimea proclamó a los cuatro vientos el domingo 16 de marzo que la voz de los pueblos que creen en su sagrado derecho a la autodeterminación son imparables, máxime cuando los resultados conocidos por todos han hablado con la elocuencia con la que lo ha hecho la inmensa mayoría del electorado crimeo. Incluso a última hora una minoría étnica, la tártara, se posicionó a favor del separatismo de la histórica y famosa península, alejada geográfica y sentimentalmente de los neonazis golpistas que se hicieron, o eso creen los fascistas, con el control ucranio desde la mediática ciudad de Kiev.

Los hegemonistas medios de incomunicación se esfuerzan en presentar un escenario en donde los buenos son los malos y viceversa, como de costumbre en estos casos. Las sanciones propuestas por las decadentes potencias contra un país riquísimo en recursos naturales y humanos son un escupitajo al cielo, una suerte de tentativa de suicidio torpe e inoportuno que, de no dar marcha atrás, constituirá un revés gravísimo para sus propios promotores.

John Kerry, el bichillo marido de la Reina Salsera Heinz, hizo una vez más el ridículo al ponerse gallito con el Gobierno ruso, el cual sabe que en realidad tiene la sartén por el mango. “Gaspadín” Lavrov, brillante y hábil titular de Exteriores de la Patria de Alexander Nevski, ya le dijo a su homólogo gringo que no quedarán sin respuesta las amenazas de quienes se siguen creyendo los listos de la clase cuando solamente son los fanfarrones del queremos y no podemos. ¡Cuidado con los cortes del suministro de gas y petróleo! ¡Cuidado especialmente los oligarcas alemanes que fagocitaron a la extinta RDA!

La hormiga que chulea delante del elefante da mucha risa. Y, lo que es peor para ella, corre el serio riesgo de ser despachurrada por el paquidermo.

Se estrellan las palabras inútiles contra el muro de contención de la barbarie.

 

 

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