ASQUEROSO FASCISMO

Los comienzos en esta vida, que es la única que tenemos, nunca son fáciles, y si se trata de hacer del mundo un lugar decente en el que poder desenvolvernos, las zancadillas por parte de mafiosos, tramposos, codiciosos y demás ralea de “osos” son tan inherentes a los procesos revolucionarios que no hace ni falta leer a Marx para adelantarnos a los acontecimientos.

De este modo, más de diez años de forja del todavía joven bolivarianismo venezolano contemporáneo, pensado desde arriba para ser edificado desde abajo, lo mismo han servido para robustecer una revolución latinoamericana con características propias y parcialmente exportable a terceras naciones que para agudizar la ira y el resentimiento de las clases sociales que, pese a seguir siendo las protagonistas en el terreno empresarial, perciben y lamentan que el poder político está más cerca de ser efectivamente algo en manos del pueblo y no de la criminal oligarquía.

Hacia el 14 de febrero de este año se gestaba, en palabras del Presidente Maduro, un plan de pacificación nacional que perseguía la erradicación progresiva del cáncer de la violencia y la inseguridad ciudadanas, asentado con singular fuerza en Venezuela desde la década ochentera del pasado siglo. Pero, contrariamente a la temporada amorosa que se vaticinaba entonces, estalló la furia burguesa-fascista, tal vez por causa de un detonante tan sonado como la aprobación de una Ley Orgánica de Precios Justos que limitaba severamente prolongados y viejos privilegios de la burguesía nacional importadora.

Siempre con la participación de siniestras personalidades del neogranadino vecino, la Embajada estadunidense en Caracas y los laboratorios ultraderechistas (bajo disfraz democrático) de ingeniería político-social expertos en difamar gobiernos y manipular realidades hemos sido testigos de razonables paralelismos entre el show mediático de la Plaza de Maidán en la capital ucrania y el baño de estragos y muerte sobre buen número de ciudades venezolanas, especialmente en aquellas en las que la derechona de allá conserva mayor fuerza.

Las llamadas del Ejecutivo “chavista” al diálogo, la paz y el entendimiento entre sectores abiertamente enfrentados, así como la gira internacional de Elías Jaua para convencer a otros líderes regionales de que lo que pasa en casa no está bien contado por los medios afines al neoliberalismo y al injerencismo tienen poco sentido y escasa eficacia en el marco de una guerra entre clases que trasciende el simple concepto de lucha entre polos opuestos y realmente irreconciliables.

Ésa es la clave: comprender de una vez por todas que la burguesía y los obreros no pueden convivir como si nada en una sociedad en la cual la democracia material necesita superar la fase de mera democracia formal, por más que esta última proclame en Cartas Magnas y leyes que desarrollan las mismas que se camina hacia el establecimiento definitivo e irreversible del “reino” de la justicia.

No se ha de temer a no hacerle apenas caso a la calumnia propalada desde influyentes prensas interiores y exteriores, ni se ha de caer en la pueril candidez de apelar a la buena voluntad de grupos y sectores cuya maldad y avaricia se expresan, de manera predadora, contra amplias mayorías que acaban siendo víctimas presentadas como fustigadoras de falsos luchadores por la libertad por parte de maestros en las malas artes de la tergiversación.

O las tradicionales élites dominantes terminan subordinándose a la voluntad de aquellos que no quieren retroceder a su estatus de siervos o esclavos, o los opresores serán liquidados, inclusive físicamente, como consecuencia de la defensa legítima ejercida no por los creyentes en la paz entre clases, sino por quienes propugnan la hegemonía del pueblo trabajador, la hegemonía de los que hayan logrado expropiar instrumentos, posiciones y prebendas de buitres incapaces de subsistir sin el capitalismo que no da su nombre, aunque dicho modo de producción no esconda su miserable desnudez.

Sin bienintencionadas críticas no hay verdadero avance hacia la auténtica, ansiada normalidad.

cortazar

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