¿CUÁL ES EL JUEGO, POR FIN, DE LOS TÁRTAROS DE CRIMEA?

tartaros crimeos

Mustafá Dzhamilev, el líder principal de los tártaros crimeos, se había pronunciado en un principio en contra de que la República Autónoma de Crimea, única entidad de esta naturaleza jurídica en Ucrania, aprobase vía referendo su anexión a la Federación Rusa.

Pero escasos días anteriores a la celebración de dicha consulta el tal Dzhamilev cambió de parecer y, tras una conversación telefónica con el Jefe de Estado de Rusia, Putin, aceptó una serie de condiciones de cara al probable éxito del referéndum, lo cual, como todos sabemos, se hizo realidad.

A cambio de un paquete de medidas dirigidas a garantizar los derechos de la minoría étnica tártara en la península de Crimea las aguas parecieron quedar en calma, pues se acordó que, en lo sucesivo, las cuotas de representación de los tártaros en el ámbito de unas instancias concretas serían superiores a la proporción de habitantes tártaros en la población crimea.

Pero no. O han vuelto a cambiar de idea o tenían guardado su as en la manga. Diversos medios de comunicación llevan diciendo desde el pasado 16 de marzo hasta hoy que la población tártara ha sido por razones históricas tradicionalmente antirrusa y que en la época de Stalin fueron injustamente deportados por un (breve) lapso al haber sido acusados de “supuestamente” colaborar con los agresores-invasores nazialemanes. Todo ello para explicar por qué ahora esta gente ha decidido crear su propia autonomía, opuesta a la integración en el Estado federal ruso.

Al margen de las manipulaciones históricas que los tártaros efectúan, esta nueva decisión hecha públicamente puede constituir a medio plazo un foco de desestabilización regional considerable. Si la díscola y mareante minoría empieza a tejer alianzas más o menos en la sombra con gobiernos de la UE y con el de EE.UU., la CIA empezaría a hacer de las suyas, como ya sucediera en el caso de los chechenos e ingushes en el Cáucaso.

Otros Basaievs, pero en tártara versión, complicarían la situación tanto en la Ucrania posgolpista, que no acaba de estar definida, como en la propia Crimea, cuando parece que la tranquilidad social va madurando en la zona; y eso, por supuesto, afectaría a las políticas interior y exterior rusas, justo cuando Moscú hace lo imposible, incluso ante USA, por conseguir o recuperar unas relaciones internacionales mínimamente normalizadas.

Es de locos presuponer que en Crimea va a tener lugar algo semejante a una limpieza étnica, pero los artífices de guerras “discretas” de desgaste y de golpes de Estado de baja intensidad se las saben todas, de modo que si gran parte de  “la comunidad internacional” necesitase un pretexto para enviar cascos azules de la ONU o criminales uniformados de la OTAN (organismo que ni con nuevo secretario general tiene propósito de enmienda), no nos debería extrañar que, llegado el momento, oyéramos hablar hasta saciarnos de “pacíficas manifestaciones” en Crimea, inhumana y salvajemente reprimidas por las fuerzas del orden del “régimen enemigo”, para, inmediatamente después, pedir o recomendar una intervención bélica de esas que llaman “humanitarias”. Recordemos que el Presidente de la Comisión Europea, Durao Barroso, exigió hace más de dos semanas al Kremlin la no anexión del territorio crimeo. Eran palabras de tendencia “liberacionista” las del portugués.

Durante meses en la Plaza de la Independencia kievita, en la capital (patrullada actualmente por neonazis) de un país que rechaza con contundencia propuestas federalistas y rusófonas rusas, ha escaseado la espontaneidad, y abundaron las actuaciones elaboradas desde el exterior en defensa de exteriores intereses. Una gigantesca bandera hecha con las enseñas ucrania, crimea y tártara de Crimea, exhibida en Maidán, ha mostrado al mundo que ir preparando el terreno caliente para la sementera de un escenario agitado, próximo a una contienda civil, no parece exigir lentes de aumento que nos hagan difícil prever por dónde podrían ir los tiros de aquí a poco.

Al Oso ruso se le abren frentes sin cesar porque no se le perdona su labor de contención de la sed de sangre de un Imperio muy renuente a la asunción de que un porvenir mundial no unipolar es casi inevitable.

Ya hasta India se le rebeló al achacoso Tío Sam. Poquito a poco, nada en geopolítica será como desde la presunta conclusión de la tirante “guerra fría”.

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