falsa democr.

 

La muerte es parte de la vida, y a todos nos llegará la hora. Desde una óptica estrictamente humana, no creo que nadie se alegre por el deceso de un hombre (aun habiendo sido el mismo, cuando menos, próximo al Opus) que padecía desde hacía años un grave mal neurodegenerativo, no muy propiamente llamado “la enfermedad del olvido”.

Sin embargo, el olvido, la mistificación, la reinvención de la Historia hispánica relativamente reciente son los fantasmas que sobrevuelan el mapa de la consciencia social española, espectros invocados por las jodedoras fuerzas vivas, por lo más rancio y falso del aparato oligárquico “nacional”. Otra cosa es que la mentira triunfe sobre la cara de un país aquejado de demasiadas dolencias para las que no hay más suero que el despertar permanente, ni más vacuna que la insaciable rebeldía que quiere una buena realidad para, así, poder mejorarla.

Allí, en la clasiquísima La Almudena, se congregaron en plan borreguil los rostros más impresentables y las más agrietadas almas de lo que consideran la Patria de Cervantes. En ese Madrid amargado por un fascismo de larga data, reconvertido constantemente en neofranquismo, pese a los impostados mensajes de reconciliación proferidos desde un púlpito impuro.

Protagonizaron el insigne acto la pareja real menos simpática desde los tiempos de Isabel y Fernando. ¡Qué bien se ven juntos aunque vivan separados físicamente la mayor parte del año!

Ese Rouco Varela, imagen perenne de Inquisición sui géneris y martillo contrarreformador antiherético, aludió a una concordia que no existe, a una guerra civil terminada que no terminará mientras queden pendientes un sinnúmero de víctimas, callejeros de la ignominia y cuentas y cuentas no saldadas. Ese clérigo galaico sugirió en público y con poco tacto otro golpazo militar como el de hace casi ochenta castañas.

Ese Felipe González, rey de la mentira sistemática, de la obediencia al Imperio, de la demagogia oportunista reproducida con infinito descaro; ese Aznar, de facha bigote, criminal turnismo derechista y soberbia casada con la estupidez suprema; ese Zapatero, falso izquierdista, obsceno pragmático, defensor de la carrera política como modo de asegurarse el propio futuro… Los tres indeseables presentes lucían farisaicas jetas de niños buenos compungidos y tocados por el máximo dolor.

Diecisiete Presidentes de Autonomías, que recuerdan que el Estado español ni es federal ni respeta eso de la autodeterminación de pueblos, rindieron pleitesía al símbolo de lo que no fue el camino al poder popular, poder ausente hoy como ayer. Ya veremos mañana.

El “humanista” ecuatoguineano Obiang, la lusitana cabeza visible de la plutocracia europea, un “egregio” representante del régimen alauí de Marruecos, el medular proimperialista Cameron de las British Islands, el líder españolista de los vocacionales explotadores de la clase obrera, el jefe “socialista” de una oposición que no es tal y los padres de un engendro llamado Constitución española, que no salió de ninguna Asamblea Constituyente elegida por el “demos” soberano, pusieron la indigesta guinda a la chapucera, que no solemne, tartaleta.

Diéronse cita en la capital de la decadencia capitalista viejomundana y tercermundista todos los semblantes y voces que representan, sólo en su maligna imaginación, el sentir y el deseo de millones de descontentos que dejan su piel en la calle, ese incontestable foro-termómetro-barómetro de quienes, aunque no mandan, habrán de ser, no los primeros, sino los únicos Presidentes de la Democracia.

No puede estar de luto la huérfana de una Ficción.

¡Salud!

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