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(Un nuevo análisis de El Revolucionario Escarlata)

El fascismo es una ideología de explotadores asustados frente a cambios que pueden ser liderados por aquellos a los que explotan por medio de la violencia, el engaño o la estupidización.

Cuando el célebre y comprometido socialmente Bertolt Brecht analizó la Europa de entreguerras sin pedantería, pero con sobrado juicio, nos avisaba del miedo de la burguesía al percibir como amenazados sus privilegios de clase en un período de algunos imperios caídos, de otros que estaban erigiéndose y de una triunfante revolución bolchevique en un inmenso país que saltó del feudalismo al socialismo sin pasar por el capitalismo.

Alemania resultó la potencia más humillada tras la Gran Guerra, e Italia dio el primer paso en la instauración de un régimen que conjuraba tanto la socialdemocracia como el comunismo, sirviéndose de mensajes populistas y demagógicos que calaron profundamente en los sectores del proletariado más inconscientes y “desclasados”. Mussolini, hijo de un herrero socialista y él mismo rebelde en sus años de juventud, supo atraer a su causa a monárquicos, altos clérigos católicos, terratenientes y peces gordos del mundo empresarial y financiero. Fueron resucitados manipulados mitos sobre la grandeza imperial de la Roma antigua y se logró en muy gran medida canalizar frustraciones sociales hacia todo lo que evocara lucha revolucionaria e inclusive parlamentarismo burgués, decepcionante este último por el fracaso del liberalismo económico y su correlato político falsamente representativo de las mayorías populares.

De Alemania nos vino el término “lumpenproletariado”, cuyo significado nos traslada desde un turbio pasado a nuestra rabiosa actualidad, en que la agresividad y el despotismo de las castas dirigentes en la práctica totalidad de los Estados europeos son campo sembrado para discursos que invocan el apoliticismo o el antipoliticismo, para confundir política con el orden dictatorial de las clases opresoras dominantes contra el pueblo trabajador.

Llevamos un tiempo siendo testigos de “revoluciones coloreadas” que son, en realidad, contrarrevoluciones alentadas y/o consentidas por las propias élites secuestradoras del poder popular. Al margen de las sinceras y buenas intenciones de millones de personas que toman calles de ciudades exigiendo el regreso al reventado y satisfactorio a medias Estado del Bienestar, es más que evidente que a cada manifestación masiva de descontento e indignación le sucede un repunte de la cara más derechista del régimen establecido. Por eso el 15-M, las revueltas de Maidán e infinidad de movimientos y movidas que han proliferado en los últimos años han conseguido lo contrario de lo que pensaban algunos de sus participantes, y aun convocantes: que el fascismo pesque en el río revuelto de las protestas sin programas y organizaciones bien definidos y se haga, como el que no quiere la cosa, con instituciones y centros de poder fácticos enemigos acérrimos de la construcción de un mundo nuevo y justo.

Trágica realidad es la que vivimos. El reaccionario monstruo engendrado por el capitalismo conjuga lo peor del neoliberalismo con lo más casposo del nazismo clásico. Y el resultado de todo ello es involución, violencia racista y xenófoba, recuperación de contravalores y desprecio por derechos humanos elementales. Francia no es el único ejemplo de esto, pero quizás sí el más significativo ahora.

Ya no hace falta identificar al ogro por su famosa simbología de águilas o esvásticas, o por su look de cabezas afeitadas. El neofascismo contemporáneo se abre camino en el Viejo y Envejecido Continente, consciente de que por las buenas o por diversos ardides no puede hacer plausible un modelo que acelera la concentración en pocas manos de la riqueza colectiva.

Asistimos y continuaremos asistiendo, a menos que le pongamos consistente remedio, al reinado de la fuerza bruta y no al de la fuerza de la razón. Que la alienación en que aún demasiados están sumidos no acabe anulándolos como individuos ni aborregándolos en rebaños que obedezcan a los ilegítimos líderes sin rechistar o sin enterarse de que no son libres por ser conducidos por gurús de la barbarie.

¿Por qué se expande o reexpande el fascismo por Europa? En pocas palabras: porque la división interna de las izquierdas consecuentes y la ambigüedad de las que no lo son hacen de un enano moral un gigante oportunista que gana la batalla en estos críticos instantes.

¡Salud!

 

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