represion censura

Desde que tengo uso de razón me he dado cuenta de que el dolor por el mal sufrido por alguien, es más, por la muerte de alguien, puede manifestarse por medio de una expresión de duelo exagerada, a veces histriónica, o mediante la contención del sufrimiento interior, de esa procesión interna que hasta el respirar hace dificultoso.

De hecho, pienso que casi siempre es más sincero el dolor de quien se esfuerza en disimularlo al máximo, para no perder ni dignidad ni compostura, que aquel o aquella que grita con desesperación por la desaparición física de un ser querido.

Tanto cuando hablamos de amigos como cuando lo hacemos de enemigos no es signo de buena personalidad regocijarse por la (mala) suerte de quienes tienen padecimientos o han perdido la vida, de forma natural o violenta.

Pero si bien la exhibición de malsana alegría en tales circunstancias es objeto de reproche generalizado, resulta aventurado e incluso peligroso hacer lecturas infundadas sobre el silencio o el no derrame de lágrimas por relacionar dicha actitud con una conformidad con el mal cometido o acaecido. Peor todavía es interpretar aparentes o reales indiferencias como invitaciones a celebrar infracciones penales o a incitar a la comisión de las mismas.

El régimen español de 1978 está repleto de agujeros y cuentas pendientes con la justicia, entendida ésta desde una perspectiva universal, y las dobles varas de medir, cuando se observa y se valora la realidad a través de prismas ideológicos puede hacer de hechos considerados, simplemente, luctuosos, una sucia excusa para recortar derechos y libertades dentro de una endeble o presunta democracia, así como un pretexto utilizado por algunos listos para, con fines electorales, buscar mártires políticos donde sólo hay víctimas de ajustes de cuentas o de venganzas de índole puramente personal.

Es el sistema el que debe caer, desde arriba, derribado por los de abajo, demolido por víctimas vivientes en un día a día en que se teme por un mañana condenado a la incertidumbre creada y mantenida por la insensible clase dominante. Los problemas no son las personas, cuyo homicidio o asesinato, como se comprende, está claramente tipificado en cualquier código legal punitivo. Ni moral ni jurídicamente puede considerarse revolucionario, por mucho odio y resentimiento que haya acumulados tras excesos de atropellos y desprecios, matar a tal o a cual individuo, pues, además, del reproche penal correspondiente como consecuencia de esa conducta, el sistema enemigo declarado de las mayorías sociales y populares, lejos de debilitarse, puede sacar enorme tajada de aquello que le beneficie más de lo que puede perjudicarle.

Un alto cargo murió hace menos de una semana en contra de su voluntad, y no por motivos políticos; no cabe subsumir el hecho en el tipo penal de terrorismo que recoge el Código Penal español vigente, lo cual no indica que el ilícito del que hablamos revista escasa gravedad.

Lo que casi no parece menos grave es que a las fuerzas vivas del orden y a sus portavoces mediáticos, en este país en que la gran prensa no escucha a la voz obrera, les ocupe más tiempo hablar de persecuciones en masa contra personas que en las redes sociales han rebasado las lindes de la libertad de expresión que referir y resaltar que las victimarias de una persona muy influyente en una provincia de la submeseta norte de la Península Ibérica estaban afiliadas al mismísimo, poderoso y españolísimo Partido Popular. Se trata de la vieja técnica de la desviación que, de paso, oscurece el debate sobre problemas de millones de españoles, cuyas penurias cotidianas y progresivas son consecuencia de flébiles voluntades materializadas por sus ejecutores.

Realmente nadie puede imponernos nuestras emociones; menos aún nuestros sentimientos. No se es ni más ni menos respetuoso con la caída en desgracia de terceros por no condenar abiertamente delitos (de sangre, en este caso) ni por reconocer que, aun no deseando el mal fin de alguien, no se borra la mala impresión que pudiéramos tener del finado o de la finada cuando, lógicamente, él o ella estaba en vida y ejercía sus responsabilidades políticas y administrativas de manera, por decirlo con suavidad, poco elogiable.

¿En qué momento desaparecerán de todos los callejeros “nacionales” los nombres y apellidos de criminales del fascismo franquista?

¿En qué momento se hará efectiva cualquier prohibición de que se exhiban símbolos de odio racista, xenofóbico u homofóbico dentro y fuera de estadios de fútbol con motivo de encuentros deportivos que deberían ser del todo sanos?

¿En qué momentos se castigará hacer evocaciones dulzonas y harto nostálgicas de un pasado empañado de muertes, torturas, desapariciones y otras barbaridades tras el férreo escudo de impunidad concedido a peces gordos que cobran sueldazos a cuenta de su “representatividad del pueblo”?

¿En qué momento se renunciará en público a la equidistancia entre nazismo y comunismo con la excusa de despotricar de apologías indeseables o políticamente no correctas?

¿En qué momento clérigos impresentables abandonarán la obscenidad de aprovecharse hasta la náusea de las prerrogativas confesionales de una Iglesia que alberga en su seno a ofensores sin pelos en la lengua cuando sermonean en misa pisoteando el honor de otros/as?

¿En qué momento nadie estará exento de responder ante la Ley sea cual sea su ADN, su DNI y su rol institucional en el Estado?

¿En qué momento llevará el mismo tiempo y esfuerzo citar para que comparezca ante una autoridad judicial a privilegiados/as por razones familiares que hacerlo para que lo haga un sencillo ciudadano de a pie que está tranquilo en compañía de los suyos y en su domicilio particular?

¿En qué momento saquear y aniquilar a nombre de banderas izadas bajo otros pendones de militarismo y belicismo mundializados equivaldrá a la práctica repetitiva e inmisericorde del terror organizado?

¿Y en qué momento manifestarse en calles, plazas, campiñas y espacios digitales/virtuales, con la justificable y muy noble finalidad de exigir lo que nos corresponde y rechazar lo que la vileza de los “grandes” comete contra los cuerpos y las almas de los que nada más que sus cadenas pueden perder ya, no resultará en violaciones de los derechos humanos consagrados en una sociedad que insiste en autodenominarse avanzada?

¿Seguridad como valor superior a libertad? ¿A qué viene tanto miedo, señores abusadores de la represión? ¿Están ustedes más asustados que nosotros y por eso quieren dominarnos intimidándonos como “buenamente” pueden?

La lucha contra el delito gana más con la prevención de éste que con la paranoica y desproporcionada caza de brujas emprendida contra “pobres diablos”.

Sobrevivimos, a duras penas, medio asfixiados, bajo el peso de una cultura del poder que impone con dureza lo que nos debe alegrar y lo que nos debe entristecer.

Convengamos, una vez más, en que es cruel hacer leña del árbol caído, y en que no es ni inteligente ni estratégicamente útil burlarnos del crimen contra A o contra B.

Pero, por favor, no caigamos en la emboscada pensada para apartarnos del único trayecto que nos lleva a la liberación; en esa trampa que pretende impedirnos que veamos las causas explicativas, que no justificativas, de tragedias que vienen a empeorar considerablemente las cosas.

Sé que no podrán empapelarme por haber escrito lo que he escrito, mal que les pueda pesar.

¡Salud!

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